jueves, 17 de mayo de 2018

Paula Vázquez: “La pulsión de escribir está vinculada a una indagación sobre mi mundo interno”





La escritora Paula Vázquez publicó el libro de cuentos La suerte de las mujeres a través de Añosluz Editora y habló con Entre Vidas acerca de dicha publicación que obtuvo un premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016 y de sus próximos proyectos entre los que se encuentra la corrección de un poemario llamado La brújula sumergida.


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Tantos que no sé si por lo numerosos dejan de calificar como “rituales”. Escribo en una libreta que siempre llevo en la cartera. Escribo en las notas del celular. Escribo en los márgenes de los libros, de cualquier libro que esté leyendo, con lápiz negro, con birome bic azul, sin límites ceremonias ni respeto por más hermosa que sea la edición. Me despierto en medio de la noche y escribo recortes de sueños en el soporte que tenga más a mano. Soy capaz de interrumpir una conversación para anotar una frase que escuché al pasar o que dijo mi –pobre, padeciente- interlocutor. Me gusta mucho escribir cosas que escucho por la calle, en el supermercado, en reuniones con clientes… todo puede servir.

¿Con qué frecuencia escribís?
Todos los días. No siempre con una forma o un objetivo determinado. Después el proceso de escribir un cuento, un poema, es distinto. Necesito hacerme tiempo y espacio para unir todo y componer algo que tenga la forma de un poema, un cuento o lo que sea.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Crecí en una casa en la que no había biblioteca. A los ocho años la Navidad me dejó un Pequeño Larousse Ilustrado de tapa roja, con el que cada noche “jugaba”, y que aún conservo en mi biblioteca. El primer recuerdo que tengo del contacto con la literatura es de un vendedor de colecciones de literatura infantil que pasaba todos los meses, tocaba el timbre en mi casa, dejaba un catálogo, yo elegía y mis padres, por suerte, accedían a comprarme lo que yo les pedía. Después, en el colegio, a través de alguna profesora de literatura, Borges, Cortazar, esas cosas. Y más tarde, a los catorce empecé en el Centro Cultural Rojas el taller literario de Diego Paszkowski, y seguí en los grupos en su casa. Ahí descubrí a Carver, Don DeLillo, Papini, Pennac, Saer, Auster, muchos. Gonzalez Tuñón, Idea Vilariño, también, aunque no leíamos mucho poesía. Y también descubrí la escritura como proceso colectivo y aprendí mucho de mis compañeros y compañeras.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara La suerte de las mujeres?
Así se llamaba un ejercicio breve que estaba incluido en la versión original del libro, pero que desentonaba con el resto de los cuentos. Cuando, junto a mis editores (AñosLuz), decidimos sacarlo de la selección final apareció medio evidente que ese tenía que ser el título del libro. Creo que ese título tiene la virtud de zurcir un significante o la dirección que tiene el libro.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
El libro ganó un premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016. A esa primera selección, que trabajé en el taller de obra con Hernán Vanoli, se agregó un cuento nuevo que escribí en 2016 pero que está muy pegado al tono del libro: “Tulipanes”.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Tengo dos cuentos preferidos. “Los pescadores”, porque la infancia y la amistad en el tránsito de niñas a mujeres es algo que me atrae como objeto de indagación y “Un hombre en la ventana”.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
La pulsión de escribir está vinculada a una indagación sobre mi mundo interno. Así que va siempre un poco de la mano de lo que me esté atravesando en ese momento. No quiere decir que me identifique con una “literatura del yo” o con lo autobiográfico. Es más la búsqueda del momento en que la voz propia se vuelve extraña. Un poco como la técnica de la asociación libre. Escribo para ver si puedo hacerme decir lo que de otro modo no soy capaz de decir.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Nocturnos, de Idea Vilariño. Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Las chicas, de Emma Cline. Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi. A propósito de las mujeres, de Natalia Ginzburg. Cualquier cosa, así sea un apunte al pasar o un video en youtube, de Clarice Lispector. La materia de este mundo, de Sharon Olds. Todos los cuentos de Lydia Davis. O de Flannery O´Connor. O de Amy Hempel. Trilce, de Vallejo. En picado, de Nick Hornby. Nicanor Parra, cualquier cosa. La invención de Morel, de Bioy Casares. Todo Andrés Rivera. No tengo una aproximación formal a la literatura así que la selección es bastante caprichosa.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con Añosluz Editora?
Me contactaron porque a través de alguna red social se enteraron de que el libro había ganado el premio del Fondo. Yo venía de una experiencia fallida con una editorial grande y en dos minutos sentí que AñosLuz era un espacio hermoso y comprometido con sacar un buen producto. Cuando me mandaron la foto de tapa confirmé que todo lo que yo quería que fuera el libro estaba representado en el amor que le pusieron a la edición.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Tengo unos seis o siete cuentos terminados, que podrían ser un nuevo libro, pero que aún siento muy pegados al tono de “La suerte de las mujeres”. Así que me quiero tomar un tiempo para probar y pensar a conciencia qué quiero escribir. En el medio me reencontré con la poesía. Estoy terminando de corregir un poemario que se llama “La brújula sumergida”.



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Paula Giglio: “Me interesa la escritura en todas sus facetas”






La escritora Paula Giglio publicó el libro de poesía Un lugar para mis piernas largas con Caleta Olivia Ediciones y habló con Entre Vidas acerca del proceso de escritura en el que escribió sobre Buenos Aires. Además, la poeta señaló que si bien los libros que publicó hasta ahora son de poesía, no pierde el interés por otros géneros literarios.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No es algo que prepare, en verdad, porque siempre me sucede en la calle, cuando viajo en colectivo, en el medio de una reunión, cuando ya casi estoy por dormirme… Entonces lo que hago es anotar la idea, o a veces directamente el verso, y con el tiempo empiezo a encontrar patrones comunes en todo ese material aparentemente inconexo que se va generando.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
Más que amor, yo diría extrañeza, factor sorpresa en un sentido positivo, y fueron los poetas neobjetivistas, llamados también “poetas de los ´90”. En este estilo -más bien descriptivo, donde aparece la voz de un sujeto que observa los acontecimientos como desde afuera- encontré una puerta para empezar a escribir en verso.

¿Por qué decidiste que tu libro se llamaría Un lugar para mis piernas largas?
Era algo que tenía escrito mucho antes de que el libro comenzara a armarse. Pensé varios títulos, pero ninguno me cerraba. Hasta que un día, revisando notas viejas, dije: es este. Creo que los mejores títulos aparecen siempre como una epifanía.

¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en el libro?
De repente, estaba escribiendo sobre Buenos Aires. Los poemas van, caminan solos y un día se frenan. Ese día descubrí que tenía un libro terminado.

¿Cuál es tu poema preferido del libro?
Y… es como preguntarle a una madre a cuál de sus hijos quiere más. Amo a todos los poemas por igual. La experiencia que está por detrás de cada poema puede ser, en todo caso, de mayor o menor agrado; en este sentido, tengo hermosos recuerdos del primer año en el que me mudé a Buenos Aires, donde todavía me perdía por sus calles y no sabía qué colectivo tomar para ir acá o allá. Lo viví como una exploración diaria y divertida. Hoy lo revivo cuando, de repente, me encuentro cortando camino por una calle insólita, cuyo nombre no me suena ni remotamente. Hay algo de inocente en el hecho de estar perdido en un lugar, como una sensación de infancia.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Me suelen hablar de la influencia de la filosofía en mi poesía, de la que seguramente no me escapo. En lo personal, igualmente, me autopercibo como alguien que escribe más desde lo intuitivo, desde algo cotidiano; situación común que no pudo ser registrada como común y natural. En esa vuelta de tuerca va un poco mi camino. Últimamente, las grandes ciudades han sido fuente de inspiración, por supuesto con Buenos Aires a la cabeza.

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías? 
No sé si los recomiendo, en el sentido de que no todo autor es para cualquier lector, pero son los que a mí me gustan: los objetivistas –Casas, Wittner, Gambarotta, Raimondi, por poner algunos- Symborska, Brodsky, Circe Maia, Sharon Olds, Lydia Davis, Anne Carson, Teillier, Lihn, Vallejo, Han Dong, Lispector, que no es poeta pero su prosa es muy poética, lo mismo con Marguerite Duras, Marechal, Di Benedetto, Inés Garland… Además de narrativa, también leo dramaturgia. Beckett me marcó un montón.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Los mismos que intento tener en cualquier grupo humano reunido bajo algún fin común; no creo que haya que sobrestimar las circunstancias externas sin que primero se generen en algún lugar más interior de uno, y si uno considera que lo que escribe (más todo el trabajo que eso conlleva) es valorable, en el afuera va a tener valor, va a generar empatía, va a traer afecto. Yo recibo muchos mensajes de gente que no conozco que alguna vez leyó un poema mío, o que recibieron la recomendación de mi libro, o que lo encontraron en la biblioteca de un amigo ayudando en la mudanza y lo leyeron y les encantó… Ese tipo de anécdotas y devoluciones me llenan de alegría porque quiere decir que en un mundo tan dividido, el arte todavía genera puentes entre los seres humanos; ni hablar de cuando me escriben diciendo: compuse este tema en base a tu poema… Se me vino esta imagen y la pinté, mirá, ¿te gusta?

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Caleta Olivia Ediciones
Lo mandé a la editorial y a Gabo le gustó.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Me interesa la escritura en todas sus facetas. Ahora se me dio por escribir poesía, pero nunca pierdo el interés por otros géneros literarios y la indagación en universos para mí desconocidos. Algún día, quizás… Por lo pronto, tengo otro libro de poesía en camino, ya casi listo, que viene escribiéndose desde hace dos años. Pero tiempo al tiempo, que las Piernas Largas se van a poner celosas.


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lunes, 14 de mayo de 2018

Inés Kreplak: “La literatura durante la infancia fue mi vía de escape”






La escritora Inés Kreplak habló con Entre Vidas acerca de su novela Confluencia editada por Alto Pogo y contó que la imagen disparadora que dio inicio a la historia fue una foto de una casa en construcción en el delta, sin techos, con las vigas de madera puestas, parte del piso y una carpa tendida a unos metros. Además, comentó que está trabajando en una tesis que la tiene obsesionada.


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
La sensación es que “concentro” como los deportistas. Me encierro horas, días, lo que pueda. Si estoy de vacaciones, me retiro, lejos, durante horas con la computadora. El cuento que más me gusta lo escribí mirando el mar. La naturaleza me inspira bastante. Pero si estoy en la ciudad, me encierro. Puedo llegar a faltar al trabajo, cancelar eventos si tengo ganas de escribir. Por eso no lo hago tan seguido. Me absorbe. 

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo todo el tiempo.  Pero literatura, por épocas.
Tengo algunas cosas en las que obligatoriamente tengo que ser regular y ordenada, por lo tanto, en las cosas que puedo elegir me manejo más irregularmente.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Siempre hubo biblioteca en mis casas. Mis padres leían mucho los dos. Pero creo que fue una elección. Yo pedía que me leyeran, pedía que me contaran cuentos antes de dormir, rogaba que me llevaran a la librería, que me compraran libros. Mi papá me había grabado unos cassette en donde me contaba cuentos y yo los escuchaba en Roca, donde vivía entonces. La literatura durante la infancia fue mi vía de escape.

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara Confluencia?
Porque es una palabra que tiene que ver con lo que se narra, con cómo se narra y el lugar en el que transcurre la mayor parte del relato. 

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
Una foto de una casa en construcción en el delta, sin techos, con las vigas de madera puestas, parte del piso y una carpa tendida a unos metros.

¿Cómo fue el proceso de escritura?
Trabajaba mucho durante la semana, cuando podía viajaba a Tigre y cuando volvía me quedaba dos días enteros escribiendo todo. Después fue un trabajo largo de corrección durante los fines de semana y entre trabajo y trabajo.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Alto Pogo
Había trabajado con Marcos Almada en la colección de literatura argentina Leer es futuro que armamos para el Ministerio de Cultura de la Nación. Me ofreció leerla en calidad de amigos cuando la terminé. Me hizo algunas sugerencias y un día me dijo que no me ayudaba más si no la publicaba en su sello.  Básicamente me extorsionó.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De las tretas humanas que inventamos para poder vivir juntos.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Soy ecléctica. Mis libros favoritos clásicos hoy son Moby Dick y Las mil y una noches. Soy muy fanática de Flannery O´Connor, de Cheever, Carver, Hemingway, pero también de Carrère. Admiro mucho a Rodolfo Walsh. Le debo mucho de mi amor por la literatura a Elsa Bornemann, a Graciela Montes, a Ema Wolf y a Roal Dahl. En poesía Juan Gelman, Héctor Viel Temperley, Jorge Teillier, Laura Wittner, Fabián Casas, Sonia Scarabelli, Sharon Olds y muchos más que ahora me estoy olvidando. Leo mucho, leo de todo y eso hace que no pueda decidirme ni por un género, ni por un estilo. Hay momentos para cada cosa. Ahora estoy muy fan de Gabriela Cabezón Cámara, pero porque también la estoy estudiando y la admiro.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Lograr que mi trabajo, sea el que sea, pueda permitirme leer y escribir la mayor cantidad de tiempo posible. Me interesa el arte y la cultura como un lugar creativo, con potencial “revolucionario”, aunque sea en un sentido pequeño, y crítico del mundo en el que vivimos, del modo en que nos vinculamos. Tengo armados proyectos en ese sentido, pero lamentablemente, tengo que regular mi energía y los tiempos que le dedico a cada cosa.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy escribiendo una tesis, que me tiene obsesionada.
Mientras estoy pensando y repensando unos poemas con Laura Wittner.



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Gustavo Yuste: “Lo cotidiano es lo que más me llama la atención”




PH Tamara Grosso

El escritor Gustavo Yuste acaba de publicar su libro de poesía Lo que uso y no recomiendo con la editorial Modesto Rimba y en diálogo con Entre Vidas analizó algunos de sus poemas y adelantó que se reeditarán dos libros suyos de poesía pero reunidos en uno solo y con la edición de El ojo del mármol. Además, contó que está puliendo el libro Personas que lloran en sus cumpleaños para su posible publicación el año que viene.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No tengo ningún ritual. Sí soy de trabajar mucho el poema en mi cabeza antes de escribirlo, por lo que retengo ideas o frases escuchadas por ahí hasta que el texto termina de tener forma. Eso puede durar varios días. Incluso, puede que semanas o meses después aproveche frases anotadas en un cuaderno o en cualquier lado para un nuevo poema.

¿Con qué frecuencia escribís?
Siempre que puedo, pero en poesía es difícil hablar de frecuencia, porque no creo que funcione una autoexigencia o una rutina para eso. Sí es importante leer todos los días, ya sea poesía o cualquier género literario. Eso te mantiene siempre lúcido para cuando el momento de la escritura llegue. En cambio, cuando escribí Personas que lloran en sus cumpleaños, novela breve inédita por ahora, la frecuencia diaria a la hora de la escritura sí fue una obligación que me puse.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
No hubo una persona en particular, fue algo que se dio espontáneamente. Reconozco que no fui un gran lector de chico, recién empecé a cultivar el hábito de la lectura a los 16 años gracias a una profesora de Literatura que tuve en el secundario, que se llama Silvia Aradas. De esa época me acuerdo haber leído dos libros con bastante intensidad: Rayuela, de Julio Cortázar y La hija de Kheops, de Alberto Laiseca. Gracias al colegio descubrí a Gustavo Adolfo Becquer y algunos poemas de Cortázar que despertaron mi interés en la poesía, ya sea tanto para leerla como para escribirla.  Años después, leer a autores argentinos contemporáneos como Fabián Casas, Cecilia Pavón o Joaquín Giannuzzi, me permitió encontrar mi propia voz.

¿Por qué decidiste que libro de poesía se llamara Lo que uso y no recomiendo?
Cuando el libro empezó a tomar forma en mi cabeza, surgió el poema que tiene el mismo nombre y sentí que englobaba bastante bien al conjunto de textos. Me gusta, en general, jugar con las frases hechas que usamos a diario y en esos días escuché y leí a muchas personas decir “uso y recomiendo” tal cosa. Me pareció interesante retomar ese dicho típico del mundo publicitario para pensar en la contradicción constante de no recomendar  a otras personas lo que nosotros mismos utilizamos o hacemos.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
No sé si tengo un poema preferido, aunque creo que “Olor a sol” puede llegar a serlo, tanto por el resultado final, la temática que tiene y porque me permitió formar parte de la Bienal Arte Joven Buenos Aires 2017. Por otro lado, recibí buenos comentarios y devoluciones de varios poemas, es bastante variado eso, pero puedo nombrar a “El turno vence en quince minutos” o “Verte hacer tus cosas” como algunos de los que más reacciones positivas generaron.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Lo cotidiano es lo que más me llama la atención, porque ahí adentro hay mucho para rescatar si se afina la mirada: desde la imparcialidad de los objetos a lo confuso de los sentimientos. Ver a la rutina desde otro ángulo siempre me parece interesante, da lugar a la epifanía. No me parece que cotidianeidad e intensidad sean opuestos.

¿De qué tema todavía no escribiste ninguna poesía pero te gustaría hacerlo?
No creo que sea una buena idea tener un plan demasiado armado sobre lo que a uno le gustaría escribir, porque puede llevar a la frustración o a poemas forzados. En una entrevista, Carlos Chernov me dijo que uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede. Eso no quiere decir que no haya que trabajar, editar y pulir la escritura, pero si se tiene una idea demasiado preconcebida desde el principio, el resultado puede ser una mala copia del ideal.

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías? 
Es difícil hacer listas sin dejar gente valiosa afuera. Además de los que nombré (Casas, Pavón y Giannuzzi), se me vienen a la cabeza Circe Maia, Ben Lerner, Mary Oliver, Juana Bignozzi, Juan Manuel Inchauspe, Vicente Luy, Mario Arteca, Gabriela Luzzi, los primeros poemas de Jacobo Fijman. De mis más o menos contemporáneos: Gabriela Clara Pignataro, Mariela Gouiric, Fernando Bogado, Malén Denis y Natalia Leiderman, entre otros, me parecen muy interesantes, cada uno con sus particularidades.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Del ambiente literario no habría que esperar nada más que profesionalismo por parte de las editoriales, distribuidoras, periodistas culturales, etc.  Escribir con el ambiente literario como objetivo no me parece una buena idea, porque vas a ser escrito por los demás en realidad. Ahí vuelvo a lo mismo: uno no escribe realmente lo que quiere, sino lo que puede. Sí tengo objetivos personales: seguir leyendo todo lo que pueda y que eso, de alguna manera u otra, repercuta en mi propia escritura y la enriquezca. Ya lo decía Charly García: alguien que le roba a una persona es un ladrón, pero el que le roba a todos es un genio.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Modesto Rimba
Se dio un poco de manera casual, en una charla durante una presentación de un libro de la editorial. Mauro Lo Coco me preguntó si estaba escribiendo algo nuevo y poco a poco se fue armando el proyecto. Por suerte él ya había leído libros míos anteriores y siempre recibí comentarios positivos de su parte.

¿Cómo nace tu trabajo de director de la sección de Letras de la revista digital La Primera Piedra?
La Primera Piedra nace como un proyecto de estudiantes de la carrera de Ciencias de la Comunicación: a falta de espacios donde escribir y ejercer nuestra profesión, decidimos crear el propio. Hoy, con la mayoría ya graduados, tenemos como objetivo fortalecer un medio profesional que nazca de la independencia y la autogestión, que son dos términos que se suelen usar de manera liviana muchas veces. Ser un medio sin recursos no te hace ni independiente ni autogestivo, simplemente te convierte en un medio pobre, como lo somos todos. Tu forma de trabajar es lo que define realmente la independencia y la autogestión. Mi rol en la sección de Letras nació un poco con la misma mirada: ver la falta de espacios dedicados a la literatura de manera profesional, más allá del voluntarismo o de las buenas intenciones. Además, en La Primera Piedra consideramos a la literatura u otras disciplinas vinculadas a la cultura con la misma relevancia que otros temas de actualidad e interés general.

¿En qué otro proyecto estás trabajando actualmente?
Dentro de poco van a salir reeditados mis dos primeros libros –Obsolescencia programada (Eloísa cartonera, 2015) y Tendido eléctrico (Objeto editorial, 2016)– reunidos en uno solo por la editorial El ojo del mármol. Es algo que me pone muy contento, porque ambos fueron libros de producción artesanal y difíciles de conseguir pasado el tiempo, por lo que ahora van a poder llegar a más personas. Además, estoy puliendo Personas que lloran en sus cumpleaños para su posible publicación en 2019  en una editorial que admiro mucho. También estoy trabajando en un libro de entrevistas a poetas mujeres.




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Juan José Burzi: “Es, tal vez, el libro más variado de los que publiqué”






El escritor Juan José Burzi publicó el libro de cuentos Shibari a través de Evaristo Editorial y habló con Entre Vidas acerca de su atracción por la literatura japonesa que lo llevó a escribir una serie de relatos que ocurren en dicha cultura. Además, contó que está empezando a investigar para su próximo libro que será sobre pintores y algunos escultores que le gustan mucho.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Creo que no tengo rituales permanentes, quizá manías que voy variando. Para escribir los últimos cuentos de este libro, por ejemplo, usé una luz concentrada, una lámpara de mesa (apagaba la luz de la habitación), escribí todo a mano (como siempre) e invariablemente sonó de fondo la música de Joy Division.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo menos de lo que quisiera. Quizá por eso soy un tanto lento para terminar un libro. Digamos que cuando estoy escribiendo un cuento, trato de no alargar el tiempo, de que no se “enfríe”. Aunque luego, una vez escrito, para considerar si se publica o no puedo dejarlo “descansar” meses, o hasta años.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Quien me leía cuando yo no sabía leer era mi padre. Si bien nunca me dijo: tenés que amar la literatura. Él tampoco era un intelectual ni nada de eso, era marroquinero, y su discurso era que estudiara y que aprendiera algún oficio además, que no fuera un inútil (en eso le fallé). Pero le gustaba leer, y tanto de su parte como de mi madre, jamás me dijeron que no cuando quería una revista o cuando más adelante quería comprar libros. Y con los dos compartía lo que leía luego. Entonces, me parece que los dos, a su manera, aportaron a esto.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara Shibari?
Me gusta la palabra, como suena. Me gusta el cuento que se llama Shibari, y me parecía una forma de rendirle un homenaje más bien abierto a mi amor por la literatura japonesa.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
Es, tal vez, el libro más variado de los que publiqué: hay tres cuentos que fueron publicados en antologías anteriormente, y no quería que quedaran perdidos por ahí. A veces hasta yo me olvido de lo que publico en antologías. Después hay un cuento que escribí hace más de diez años (Severo), y nunca me convenció el final… releyéndolo, me di cuenta de que no era el final lo que fallaba, sino el núcleo del relato. Retoqué eso y me pareció que estaba para ser publicado ya. Mientras escribía el cuento Shibari, me di cuenta de que estaba contando el antecedente de un personaje que aparecía en un cuento publicado en 2012, en el libro “Sueños del hombre elefante”. Entonces decidí sumar a este libro ese cuento (El trabajo del fuego), para que el lector pudiera tener a mano el antes y el después de Misako, la joven japonesa que es parte de ellos. Hay un cuento (El bosque) que supuestamente trata de dos brujas y del amante de una de ellas, pero en realidad lo escribí pensando en la literatura gótica y en la técnica de los pintores impresionistas, que me parecen muy interesantes. Salió eso.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Mi cuento preferido del libro, Nuevo tratado de maniquíes, me lo inspiró la relectura de la obra de Bruno Schulz y descubrir en un museo la obra “La poupée” de Hans Bellmer. Y ahí empezaron a aparecer otros elementos y artistas: los surrealistas, Tadeuz Kantor, los autómatas del siglo XV, el jugador de ajedrez del que escribió Poe, el andrógino que protagoniza el cuento y su obra artística, inventados por mí. No sé en qué medida es un cuento Nuevo tratado de maniquíes, sé que me gusta y espero que al que lo lea le guste también. Quizá más que un cuento sea un cúmulo de fragmentos de historias y de impresiones. Como suele ocurrir, no es el relato que más me han destacado quienes leyeron el libro. Pocas veces coincide mi propio gusto con el de los que me leen. Algunos destacan Shibari, que trata de un grupo de gente que se reúne a practicar y a aprender esta técnica de sogas japonesa. Otros destacaron El bosque, o Alpiel, que trata, en uno de sus argumentos, de un demonio sexual que visita a una joven por las noches.

¿Qué te atrae tanto de la cultura japonesa?
Más que la “cultura japonesa”, digamos que me atraen los escritores del siglo XX japoneses, y en todo caso, lo que hace a su cultura en sus escritos. Pero no ando usando kimonos, ni me disfrazo de Geisha, ni parodio la ceremonia del té y esas cosas que a los occidentales los deja un poco en ridículo cuando hacen. Me atrae Junichiro Tanizaki, Yukio Mishima, Akiyuki Nosaka, Kenzaburo Oé, Ryunosuke Akutagawa, Ryu Murakami, Edogawa Rampo, y la lista se puede extender mucho más. ¿Por qué me gustan? Por las temáticas, por la forma de abordar la muerte, el sexo, el amor. De Tanizaki aprendí más que de Cortázar, por suerte.

¿Cuál fue el proceso de investigación que realizaste para describir con tanta precisión temas tan complejos o poco comunes en nuestro país?
No creo en Dios pero creo en Google. Me pasé horas buscando información por la web, y también fui a bibliotecas.

¿Cómo surgieron nombres tan particulares como los de Nigel, Fukai Kane o Misako, personajes de del cuento que le da el nombre al libro?
Nigel no tengo idea de por qué se me ocurrió, pero me pareció buen seudónimo para ese personaje (En el cuento Shibari todos utilizan un seudónimo). Fukai Kane existió, como lo relato en el cuento: era una delincuente japonesa que fue torturada por medio de la técnica de las sogas, y en vez de sufrir dolor, gozaba. Me pareció que era un buen nombre para que lo adoptara como sinónimo un personaje. Y Misako es un nombre japonés bastante común, que me gusta.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
Probablemente de lo que se nutren todos: la vida, la muerte, el sexo, el deseo… y para no aburrir siempre con lo mismo, le agregamos argumentos y tramas.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Los japoneses que nombré en una respuesta anterior. Siempre William Faulkner, Onetti, Pierre Michon, Céline, Poe, Baudelaire, Petrus Borel, Pavese, Dostoievski, Cormac McCarthy, Joseph Roth, William Goyen, Ismaíl Kadaré, Bohumil Hrabal, Kafka y muchos más. Se consiguen en librerías de usados y saldos. No hay excusas para no leerlos.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con Evaristo Editorial?
Uno de los editores me consultó si tenía material para enviarles, así lo evaluaban. Y dio la casualidad de que sí, tenía el libro casi terminado. Me alegra estar en el catálogo de Evaristo, cuenta con autores y títulos muy buenos, es importante estar bien rodeado, te enaltece como autor.

¿Cuál fue tu experiencia con la feria del libro de este año?
Shibari estuvo listo justo para la Feria. Tengo entendido que se vendió muy bien, estuve concurriendo varios días a la Feria, más de lo que lo hubiera hecho sin libro editado. Hice más sociales de lo que haría sin libro nuevo. Cuando se edita un libro, tengo que salir del ostracismo y decir: “Hola, acá estoy”.  Tampoco es tan terrible.

¿Qué cambios notás en vos entre el escritor que publicó los libros anteriores y el que acaba de publicar Shibari?
Noto que me interesan cada vez menos las formas, las estructuras, los finales, y esas cuestiones un tanto técnicas que se dice por ahí que debe contemplar el género cuento. Digo que escribo cuentos, pero hay algunas cosas, como el Nuevo tratado de maniquíes o El bosque, que no sé si es cuento, que me parece es un híbrido. También me parece que tiendo a escribir menos y más corto, que en cuanto menos palabras puedo decir algo, mejor. Si lo puedo decir en un fragmento de 5 líneas, ¿para qué rellenar una carilla?

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy preparando (leyendo y tomando notas), pero no escribiendo, un libro sobre pintores y algunos escultores que me gustan y admiro. Apunto a que sea un libro de ensayos/crónicas breves. No sé cuándo lo empezaré a escribir, no sé cuándo lo voy a terminar, y mucho menos sé quién lo va a querer publicar. Pero así es esto, más que el “día a día”, vivimos el “nunca a nunca”.



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Cecilia Szperling: “Son las impresiones sensibles, las que me formaron como soy y que aún perduran en mí”





PH Lucía Vassallo

La escritora Cecilia Szperling habló con Entre Vidas acerca de su libro La máquina de proyectar sueños publicado por Interzona y adelantó que está trabajando en la continuación de la novela mientras disfruta como nunca de la escritura.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Cargar mi cerebro.  Llegar a la mesa con la mente muy llena.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo cuando tengo temporadas largas en las que cuento con mucho tiempo. Enero es la cima de mi escritura. Si no, unas 3 horas por día. A la noche tarde, a la madrugada, a la siesta. Todo muy caótico. Sin orden.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
La biblioteca de mi casa familiar. Pero me gustó primero escribir y luego leer. Mi emoción más alta fue cuando la maestra de primer grado me dio un cartoncito celeste en que había escrito con una letra cursiva hermosa Cecilia Szperling. Copié mi nombre y me sentí literalmente más alta. Entre levitar y Alicia en el país cuando se vuelve inmensa.

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara La máquina de proyectar sueños?
Doble motivo. Es una novela a la que llamé fabula autobiográfica. Pertenece al orden de lo real haber entrado a la pieza de mis papás y ver un proyector encendido, pero a la realidad de mi imaginación o sueños o deseos. Tal vez tenía fiebre, tal vez lo soñé o tal vez ellos alquilaron un proyector esa noche y se durmieron con el haz de luz sobre sus cabezas. Cuando lo vi, yo me dije La máquina de proyectar sueños? Porqué les envían sueños placenteros a mis hermanas y a mí pesadillas, sueños que no son para una niña de mi edad?

¿Por qué debajo del título dice Fábula autobiográfica?
Es la vida mítica de la infancia. No los hechos puros y duros. Son las impresiones sensibles, las que me formaron como soy y que  aún perduran en mí, de la exacta misma manera. Es fábula fabulosa, la historia onírica y esa materia fundante de la que estoy hecha.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
Deambular sola por los pasillos en la casa a la noche. Y un estallido de luz, como un relámpago, que nos pasó una vez con mi padre operando un juego de química. No sé qué azufre combustionó y yo tenía una camisón de plush. Podría haber sido una nena en llamas, incendiada. Pero mi padre lo dominó y solo quedó el testimonio de esa llamada como una marca negra en el camisón rosa. Nos miramos con ojos brillantes y victoriosos y luego me subió en sus brazos hasta la habitación que compartía con mis hermanas. Ellas dormían. Como ocurría siempre, ellas durmiendo y yo desvelada.

¿Cómo fue el proceso de escritura para que la voz narradora sea la de una niña?
Reviví todo como si me pasase en ese momento. Estaba todo intacto. Inscripto en mi con esas palabras y de esa manera.

¿Cómo surge la idea escribir capítulos cortos?
Me propuse una imagen y una situación a la vez. La vida tiene tantos planos y tantas cosas suceden al mismo tiempo. Para esta novela sabía que solo podía contar una imagen pregnante por vez. De otro modo, la intensidad, se vería licuada, diluida.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De la poesía. De Juana de Ibarbourou, de Silvina Ocampo, de Gabriela Mistral.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Las aventuras de la china iron, de Gabriela Cabezón Cámara.
Black Out, de María Moreno.
Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enrriquez
Matata amor, de Ariana Harwicz
La casa de los conejos, de Laura Alcoba
Él cuerpo que habito, de Guadalupe Nettel.
Todos geniales.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Interzona Editora? 
Me encanta el catálogo, y los libros bellos. Flavia Da Rin había hecho un par de fotos para la novela antes de que exista. Y necesitaba una editorial que pudiera poner en tapa esa obra de Flavia. Se lo di a Guido Indij. Lo leyó su genia mujer Constanza Brunet. A la semana me citó y me dijo Sale!! Y resultó un objeto tan bello!!!

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
En la continuación. Las hermanas tienen 12, 15 y 18 años. Estoy entregada con una intensidad tan brutal!!! estoy disfrutando la escritura como nunca.



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sábado, 12 de mayo de 2018

Yair Magrino: “Es una novela de iniciación y es un intento de retrato generacional”





El escritor Yair Magrino habló con Entre Vidas de su novela Wonderboy publicada por la editorial Alto Pogo y de su flamante sello Sorojchi Editores con el que estará publicando autores latinoamericanos. Además, el autor señaló que le interesa mucho entrever las relaciones de la Historia y la Política como principales moderadores del accionar humano.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No soy muy de rituales. Creo que por el modo intempestivo en el que me pongo a escribir. Es casi una necesidad, como una explosión. El mate no me falta si escribo de día. No tengo el cliché del vino ni del whisky. Puedo hacerlo con música o en silencio. Con ropa, sin ropa, con calor o con frío. Para mí es un momento de abstracción de la realidad. No tengo hambre, no tengo sed, no tengo nada más que la urgencia de poder crear un pequeño universo.

¿Con qué frecuencia escribís?
Mis momentos de escritura son bastante discontinuos. Nunca pude ser muy disciplinado con eso. Wonderboy la escribí en tres meses. Con la continuación (“Bajo Flores”) estuve seis meses para escribir un par de capítulos, luego la dejé por seis meses y en 15 días escribí la otra mitad que faltaba. Hace poco me ocurrió algo similar con la precuela de Wonderboy (“Adoración de los Manes”). Estuve once meses para escribir cien páginas y en tres meses escribí las doscientas páginas que me faltaban.  Mi escritura se parece bastante a una catarsis. De todos modos, en los momentos en los que no escribo siempre estoy pensando escenas, diferentes variantes para la trama, hago anotaciones en una línea de tiempo, tacho mentalmente, repienso, borro. Eso me ayuda a la hora de sentarme a escribir porque casi todo ya está definido.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
En mi casa nunca hubo un gran amor por la literatura. Gran parte de la biblioteca familiar estaba comprendida por libros de pintores y unos pocos libros de Historia. Y muchos adornos para completar los espacios vacíos. De chico me obsesioné con una enciclopedia infantil de Snoopy. La leía todas las noches, prácticamente me la sabía de memoria. Después aparecieron los cuentos de Elsa Bornemann y Mafalda. De ahí pasé a Bradbury, al Quijote, me fascinaban las distopías. Y sobre todo leía muchas novelas de espías, guerrilleros de ETA o del IRA que perdían siempre en sus intentos de revolución. 

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara Wonderboy?
Wonderboy es el nombre de un videojuego que fue muy famoso en los 80s y 90s. El título es un guiño. Es una novela de iniciación y es un intento de retrato generacional. Esas generaciones fueron las primeras en acceder a los videojuegos masivamente. El personaje, de un modo bastante cobarde e infantil, reconfigura la realidad para pensarse dentro de un videojuego. Porque allí no hay consecuencias. Cuando se pierde, se pone una ficha más y se vuelve a comenzar. Sin embargo, toda esa ficción que lo protege se rompe y el personaje debe hacerse cargo de su propia aventura. Está muy presente el 2001, es el contexto que da origen a la aventura. Adriana Santa Cruz dijo que Wonderboy es una alegoría de una época contradictoria. Me gusta pensarla así.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
Tengo muy claro el día que decidí escribir esa historia. Yo vivía en Barcelona y había ido con mis amigos a una casa okupada en medio de la montaña. Veía toda una comunidad viviendo al margen de la Barcelona que yo vivía y me parecía alucinante. Y al mismo tiempo me reconocí sin el valor necesario para poder llevar a cabo ese estilo de vida. Mis amigos y yo, ya veníamos frecuentando un círculo de actividades anarquistas o que estaban en los márgenes sociales. Había mucha libertad, muchos excesos y mucha gente talentosa. Ese fue el germen. De vuelta en Buenos Aires tardé uno o dos años en encontrar la justificación para escribir la novela. Se dio un poco naturalmente. Comencé con un cuento. Lo dejé. Comencé otro cuento. También lo dejé. Un día se me ocurrió juntarlos y sin darme cuenta tenía todo el universo de Saporitti /Wonderboy. Cuando estuvo eso, el resto salió bastante rápido.

¿Qué tenés de la protagonista Saporitti?
Creo que nada. O puede que todo. Esa primera persona en la que está narrada la novela me permitía jugar con esos bordes. ¿Qué de todo eso es verdad o mentira? Me han preguntado muchas veces qué partes tenían un correlato con la realidad. Los únicos que lo saben son esos amigos que estuvieron conmigo en la casa okupada en la montaña, a quienes les dedico la novela. Me interesa mucho la literatura del yo, no tanto la del ego. No recuerdo se fue Abelardo Castillo u Onetti quien dijo que escribir es recordar mal. Siempre me pareció una excelente definición.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Alto Pogo
Un poco el culpable fue Juan Guinot. Le pasé la novela, la leyó y nos juntamos una noche a conversar. Después vinieron dos meses de nuevas correcciones (siguiendo algunas de las recomendaciones de Guinot) y finalmente la acerqué a Alto Pogo. Los tiempos de la literatura (y de las editoriales independientes) son bastante tiranos y quedó un poco relegada. Pasó el tiempo. La novela ganó un premio del Fondo Metropolitano al otro año y con ese aval volví a la carga.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Los temas son casi siempre los mismos. Me interesa mucho entrever las relaciones de la Historia y la Política como principales moderadores del accionar humano. Somos hijos de la época en que nos toca vivir. Y eso nos enfoca de determinada manera para luchar por ciertos objetivos. O perderlos. Para la generación de mi abuela, por ejemplo, el acceso a la educación para sus hijos era prioridad. Era algo de lo que se hablaba en la panadería o en los cumpleaños. Para la generación de mis padres, que fueron jóvenes en los 70s, de lo que hablaban en las panaderías y en los cumpleaños era de democracia. Y mi generación vio como la democracia mandaba a la bancarrota a todo un país, se robaron ahorros, estafaron jubilados, se demolió la educación y la ciencia. Para las generaciones más jóvenes las luchas pasan por otro tipo de libertad. Están más relacionadas con la diversidad sexual, con la posibilidad de dejar atrás cierto binomio en desuso. Y sobre todo el crecimiento de los movimientos feministas, lo cual celebro. Van detrás de un objetivo igualitario que me parece necesario. Creo que nunca hay que perder de vista cuestiones de clase, de derechos de los trabajadores, de redistribución de riquezas, de programas estatales en cuanto a educación y a inversión en ciencia. Estas cuestiones están siempre presentes a la hora de escribir.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
No descubro nada: Saer. Me parece el gran novelista argentino. Y Di Benedetto. De ellos recomiendo cualquiera de sus novelas. De los contemporáneos, me parece que Aníbal Jarkowski es alguien que debería ser leído por todos. De él recomiendo “Rojo Amor”. Y Gustavo Ferreyra me parece un escritor bestial. Las novelas “El Director”, “Piquito de Oro” y “Vértice” me parecen tres maravillas de la literatura argentina de los últimos años. Fabián Casas me gusta mucho. Alan Pauls también. Tengo un amor casi irracional por Silvina Ocampo: en los colegios debería incluirse como bibliografía obligatoria “Autobiografía de Irene”. Inés Garland es de las mejores cuentistas de la actualidad. Y ahora estoy esperando que salga el nuevo libro de cuentos de Clara Anich. Espero que sea pronto. Soy bastante fanático de W. G. Sebald. Escribió “Los Anillos de Saturno” y “Los emigrados”, entre otros.  Emanuelle Carrere es otro escritor que me gusta muchísimo. Y Philip Roth nos sigue enseñando como escribir. Todo lo que leo de él es un manual sobre cómo hacerlo bien. Tiene un manejo estético muy interesante, y sobre todo, claridad y originalidad en cuanto a estructuras narrativas. Gustavo Espinosa, de Uruguay, me parece otro talento importantísimo.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Creo que ninguno en particular. Me pierdo en la acción de todos los días. Tengo dos editoriales (Clubcinco y Sorojchi), soy parte de Grupo Alejandría (somos un colectivo de autores que nos dedicamos a la gestión cultural y la promoción de la lectura). Mantener esas actividades ya es un triunfo. Me hace muy feliz hacer lo que hago. Disfruto mucho. Tal vez sería momento de plantear un norte más claro, salir un poco de las trincheras. De todos modos, me gusta el barro, así que puede que me quede un rato más haciendo todo eso.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Están más relacionados con lo editorial. Acabo de lanzar el sello Sorojchi Editores, con el que estaré publicando autores latinoamericanos. Y el proyecto editorial de Clubcinco Editores me parece hermoso: el rescate y reedición de obras maravillosas que han sido descatalogadas. En cuanto a lo literario, con una lentitud exasperante, estoy trabajando en una novela sobre surf. En realidad, el surf es una excusa para poder escribir sobre el imperialismo cultural. Con el Grupo Alejandría (junto con Clara Anich y Jimena Ruth Rodriguez) estamos llevando a cabo un proyecto hermoso que se llama Mapa Literario con el que llevamos el ciclo al interior, o bien, estamos trayendo escritores del interior y del exterior a Buenos Aires. Grupo Alejandría es eso: tender puentes entre escritores y lectores. Ahora estamos haciendo esos puentes más largos. Y estamos muy felices de poder hacerlo.



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Daniel Canney: “Los temas son, en su mayoría, autobiográficos”





Daniel Canney publicó su obra de teatro Almagedón o el final de la razón en un libro que salió por Azul Francia Editora y el autor habló con Entre Vidas acerca de dicho acontecimiento. Además, adelantó que está ensayando la segunda parte y que está escribiendo una sucesión de relatos en formato cuento que le gustaría que derivaran en una novela.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Muchas veces escribo incluso viajando en bondi. Pero al hacerlo sistemáticamente, busco estar cómodo. Quizá pongo alguna música que me inspire. Un cigarro. Una copa de vino.

¿Con qué frecuencia escribís?
Intento hacerlo todos los días. Buscando los momentos en cada espacio que encuentro libre.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia de tu obra de teatro Almagedon o el final de la razón?
Mi cuerpo hecho un ovillo tirado en el piso. 

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre?
Siendo pequeño me inculcaron el temor de que el fin del mundo se avecinaba. A este le llamaban Armagedón. Llegué a la edad adulta y descubrí que, durante nuestra existencia, sufrimos varios finales. Alineando este concepto con la perpetuidad del Alma salió el nombre de Almagedón.  O el final de la razón surgió como subtítulo al entrar en conflicto con lo excesivamente racional. Cuando es la mente quien construye la repetición.

¿Cómo fue el proceso de escritura de la obra?
Catártico. En dos horas treinta ya la había arrojado sobre el titilante cursor de un Word. Claro que para ello fueron necesarios treinta y seis años de práctica.

¿De qué temas se nutre tu escritura? ¿De qué tema te gustaría escribir próximamente?
Los temas son, en su mayoría, autobiográficos. Si bien suelo crear nuevos esquemas, siempre está el punto de referencia con algo que me identifica e intento trascender. Me gustaría lograr con esto una escritura absolutamente honesta, prolija y dialécticamente deliciosa. Sobre esto quiero escribir.

¿Cómo se dio la posibilidad de editar la obra con la editorial Azul Francia?
Con Francisca nos conocimos actuando para un programa de televisión. Cuyo contenido (idea) inicial tuve el placer de escribir. Luego, la afinidad nos llevó a crear un bello vínculo que, con el tiempo (y compartiendo nuestros más sinceros sueños), tuvo, entre otras bellas consecuencias, que ella conciba su propia editorial y yo mi primera publicación. 

¿Qué repercusiones tuviste de la gente que leyó el libro?
Uf… Inesperadas. Ya me había sucedido con gente que vio la obra. No lo esperaba con el libro. Personas que me han dado bellas devoluciones. Que se han sentido tocadas por referencias y profundidades antes no vislumbradas. Que me han agradecido la honestidad por la cual pudieron reflejarse. No lo sé. Me da un poco de pudor admitirlo. Pero las repercusiones ampliaron el impulso que subyacía en mí, para continuar escribiendo.

¿Hiciste algún taller de dramaturgia?
Si. De adolescente. Ello marcó el transcurso de mi vida. Pues llegaron a publicarme en un diario local y tiradas independientes (esto en Puerto Madryn). Luego, con lo aprendido y leyendo asiduamente, logré armarme de un sistema para continuar pariendo letras.

¿Escribís o tenés pensado escribir otro género literario?
Escribí una obra que enmarca dentro del género de la ciencia ficción. Me divirtió hacerlo. Aún no la estrené. Considero que los géneros son pragmáticos a la hora de escribir, así que … veremos.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Además de lo teatral (ahora ensayando la segunda parte de Almagedón), estoy escribiendo una sucesión de relatos en formato cuento que me gustaría derivaran en una novela. ¿Ambicioso? No, como dije en un principio, sólo busco trascender, bañando sentires en tinta, para que luego, una vez transformados en letras, vuelen hacia nuevas libertades.




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domingo, 6 de mayo de 2018

Bárbara Alí: “Me gustaría escribir poemas o textos ensayísticos-poéticos sobre cuadros y obras de las artes plásticas”




La escritora Bárbara Alí estuvo hablando con Entre Vidas acerca de su libro de poesía “La mancha de los días” publicado a través de la editorial “Qué diría Víctor Hugo?” y señaló que comenzó a escribir una novela. Además, contó que está dando talleres de lectura y escritura junto a Roxana Molinelli.



¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Soy bastante ritualista a la hora de escribir, necesito preparar “un escenario”, crear un espacio y un tiempo propios para que advenga la palabra. Casi siempre están presentes tres elementos: uno o varios libros, una copa de vino o un vaso de cerveza (dependiendo de las condiciones climáticas) y cigarrillos. Lo infaltable: libros, poemas, textos, que me permitan establecer un diálogo con otros, con lo otro, que me disparen en múltiples direcciones, que me provoquen y me incentiven.

¿Con qué frecuencia escribís?
La frecuencia de la escritura se vincula directamente con las situaciones que me estén atravesando. A veces escribir se vuelve un acto urgente, otras veces estoy más dispersa y tengo que ir en busca de las palabras. Trato de escribir dos o tres veces por semana.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
La poesía me inculcó mi amor por la poesía. Y sobre todo, la necesidad de encontrar otro lenguaje, diferente al de la vida cotidiana, de abrirme paso frente al aturdimiento de este mundo sobrecargado de estímulos, imágenes y discursos, de hacerme tiempo para crear esas “vacuolas de silencio” de las que habla Deleuze, indispensables para generar un vacío, escucharse y ver si hay algo para decir.

¿Por qué decidiste que libro de poesía se llamara La mancha de los días?
El título surgió de los poemas, de ese encadenamiento de textos hilados por una obsesión: la mancha, lo que permanece, lo que no se borra, lo que dejó el tiempo impreso en la experiencia y me acompaña a todas partes.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
Son dos, que están prácticamente unidos,  “Habría que empezar /a contar todo de nuevo: /justo cuando querés /hablar de una habitación /en forma de pecera /
de tu boca haciendo fuerza /para abrirse, la mandíbula/trabada, los dientes apretados/el gesto de defensa/condensado en los ojos/aparecen las antenas/de los edificios más altos/los cables cruzando el cielo/ como un arañazo negro/Es que siempre el cielo/fue un lugar de huida/ cuando la tierra/empezaba a agrietarse. /No es casualidad /que mires el cielo/ es el lugar /del deseo. Y éste otro (el que es más frecuentemente destacado): “Dicen que hay que desear/ cuando la estrella fugaz/está cayendo/ quizás porque /el espacio vacío /que deja lo que se va/es lo que más tarde /podría poblarse”.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Me obsesionan el tiempo, el amor, la observación de la naturaleza, los vínculos familiares y la muerte. Cada uno de estos temas en sus múltiples sentidos. No soy nada original con las temáticas, creo que todos bordeamos o atravesamos casi siempre estos tópicos, lo que varía es la forma, el estilo, la singularidad que arma la obra.

¿De qué tema todavía no escribiste ninguna poesía pero te gustaría hacerlo?
Me gustaría escribir poemas o textos ensayísticos-poéticos sobre cuadros y obras de las artes plásticas. Me parece muy enriquecedor el cruce entre diferentes disciplinas, no es lo más habitual y creo que hay ahí un enorme campo de exploración.

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías? 
Toda la obra poética de Claudia Masin, los libros Bengala y Viernes de Beatriz Vignoli, Héctor Viel Temperley,  la poesía de Sonia Scarabelli, la poesía de Mirta Rosenberg, toda la obra de Padeletti, Louise Glück y en una narrativa más poética: Osvaldo Bossi, Marguerite Duras y Clarice Lispector. Y estoy siendo injusta con muchxs que no aparecen en esta lista pequeña a los fines de esta entrevista.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Que el ambiente literario sea siempre un espacio de escucha, circulación de la palabra y resistencia, donde haya una apertura a la sensibilidad ,diferente a la que se da en otros espacios.
Escribir, compartir. Que la poesía de otrxs y mis palabras nunca dejen de sorprenderme.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Qué diría Víctor Hugo?
La posibilidad surgió a partir de un concurso en el que salí en segundo lugar y fue el modo en el cual un grupo de personas pudo acercarse a mi material y decidir publicarlo.

¿En qué otro proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy dando talleres de lectura y escritura junto a Roxana Molinelli (poeta y amiga), abriendo ese hermoso espacio de intercambio y acompañamiento de otros en sus procesos de escritura. También escribo reseñas de libros y crítica de cine en la Plataforma Literaria Liberoamérica . Estoy en el comienzo de la escritura de una novela.



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Ariel Hernán Toledo: “Por alguna razón que aun hoy trato de descubrir, la guerra de Malvinas me perseguía”




El escritor Ariel Hernán Toledo habló con Entre Vidas de su flamante obra  de teatro Tumbamadre en la que la guerra de Malvinas cumple un papel preponderante. Además, adelantó que trabaja en una nueva obra y está cerrando una novela que está por entrar a etapa de corrección.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No sé si tengo algún ritual en particular. Solo sé que al momento de ejecutar la escritura necesito aislarme del resto y mantener un silencio que me permita volcar eso que está necesitando surgir. Apunto datos sueltos todo el tiempo. Acumulo frases, palabras, ideas. Y la noche suele ser un buen momento para bajar a tierra eso que uno fue masticando durante el día.

¿Con qué frecuencia escribís?
Todo el tiempo. Tengo la costumbre de escribir en pequeños papeles, hojas A4 que doblo en cuatro. Esas pequeñas páginas que se forman me contienen y me obligan a respetar ciertas cuestiones que no tengo muy claro cómo llamarlas, pero que me ayudan a sentirme cómodo y seguro.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Mi padre, sin dudas. En casa los libros siempre fueron parte de la cosa diaria. Él es un gran lector, un tipo crítico y refinado. Hemos tenido siempre largas conversaciones en torno a la literatura y lo que gira a su alrededor.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia de tu obra de teatro Tumbamadre?
No fue una imagen. En realidad, por alguna razón que aun hoy trato de descubrir, la guerra de Malvinas me perseguía. Algo que volvía a mí todo el tiempo y me atravesaba. Algo que incomodaba. Recuerdos, datos, historias que estaban ahí y de las que no lograba despegarme. Esa fue la razón por la que termina naciendo Tumbamadre. Escribo para quitarme las cosas de encima, eso que incomoda y molesta. De alguna manera, le devuelvo al mundo lo que el mundo deposita en mí.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre?
Es un juego de palabras. Lo de tumba es porque eso es lo que represento para los chicos que fueron a pelear, una tumba desde el vamos. Lo de madre es porque en esa época a las islas les decían, las hermanitas perdidas.

¿Cómo fue el proceso de escritura de la obra? ¿Realizaste alguna investigación previa?
No. El texto lo escribí en dos noches, casi como un vómito. Luego fueron algunos días de ajustar y afinar lo escrito. Necesitaba quitarme de encima eso que incomodaba. Sentarme a hacer archivo hubiese influido y quizás hasta de manera negativa sobre esas cosas que necesitaba decir.

¿Qué repercusiones tuvieron de los espectadores?
Por suerte fueron buenas. Hubo de todo, gente que salió emocionada, gente que agradecía que sigamos manteniendo viva la memoria sobre nuestra historia más reciente. La memoria histórica debe ser política de estado permanente. El teatro tiene las herramientas necesarias para hacer valer esa memoria. El escritor tiene la obligación de involucrarse con su tiempo, narrar la historia, dejar testimonio de aquellos que fue y que nos hace.

¿De qué temas se nutre tu escritura? ¿De qué tema te gustaría escribir próximamente?
Los temas van surgiendo en base a las inquietudes que se van asomando en el camino. Por alguna razón, los temas aparecen y se renuevan todo el tiempo.  Me nutro de imágenes, sensaciones, experiencias. Entiendo a la literatura como una consecuencia de algo mayor. Es ejecutar eso que no tiene nombre.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Son muchos y es difícil pensar en una pequeña selección, pero te puedo nombrar rápido y de memoria algunos como, Gabriela Cabezón Camara, Juan Rulfo, Roberto Arlt, Pascal Quignard, Eduardo Lalo.

También escribís narrativa, ¿con qué género te sentís más cómodo?
Cada uno de ellos tiene su magia. El teatro me da la posibilidad de generar algunos espacios que la narrativa no me lo permite. En cambio con la prosa puedo abordar algunas cuestiones mucho más profundas y jugar un poco más con las formas.

¿Cómo fue la experiencia del año pasado con el programa de radio Ficticios? ¿Tienen intenciones de volver?
La experiencia fue maravillosa, incluso superó por mucho lo que habíamos pensado en un principio. La intención primaria era tener un espacio para poder hablar de literatura y de lo que gira en torno a ella. Pero la cosa creció  y nos obligó a estar a la altura de ese crecimiento. El programa, el ciclo de lecturas, fue toda una experiencia increíble que no hubiera sido posible sin la generosidad de los escritores que siempre estuvieron dispuestos a hacernos la segunda.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy terminando de escribir y comenzando a corrigiendo una nueva obra de teatro que supongo se estará montando para la segunda mitad del año. Estoy cerrando una novela que se está metiendo en pleno proceso de corrección y armando un poemario.



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miércoles, 2 de mayo de 2018

Claudia Sobico: “Mi escritura es mi propia indagación en lo que no entiendo”





La escritora Claudia Sobico habló con Entre Vidas de su novela La Grafa publicada por la editorial Alto Pogo y su libro de poesía Venus en Acuario con la editorial Qué diría Víctor Hugo? Además, adelantó que está trabajando en una novela hace tres años y que está incursionando en la literatura infantil con poemas y cuentos aún inéditos.




PH Bruno Szister

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No hay momento previo. El ritual es la urgencia. El momento de escritura puede aparecer cuando estoy sentada en un colectivo, parada en el subte, sola en casa o con mis hijos hablándome alrededor. Después la corrección es diferente. Ahí sí me busco momentos de soledad. La preparación es un mate o un vaso de tinto. Música siempre y si me aturde mejor.

¿Con qué frecuencia escribís?
Mucho, todo el tiempo. Escribir no es solo sentarse a tipear palabras en un Word. Escribir es convivir con ese texto que te está atravesando. Pienso qué quiero decir, cómo, cuáles son las palabras, cuál es la música de este texto. Imagino conversaciones con personajes, escenarios, escenas. Leo en voz alta, me grabo y me escucho con los auriculares mientras cruzo la ciudad. Eso también es escribir para mí.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
No sé. Creo que es mío. Ese amor lo siento propio. Siempre me gustó leer y escribir. También siempre me sentí profundamente atraída por el misterio de la palabra. Me acuerdo que, de chiquita, me iba a la piecita del fondo, una que mi papá construyó para expulsar a las nenas a que hagan la tarea en otra parte, y me ponía contenta buscar palabras en el diccionario, de esas que no lograba asir. Sentía ahí, en esa búsqueda íntima, que algo se me rebelaba.

¿Por qué decidiste que tu primera novela se llamara La Grafa?
La Grafa fue una fábrica textil ubicada sobre la Avenida Albarellos en el barrio de Villa Pueyrredón. Mi papá trabajó en esa fábrica durante 42 años. Si bien la historia no es sobre la fábrica en sí, las distintas escenas de la novela están teñidas por mi recuerdo del contexto familiar, social,  geográfico, político e histórico que, haber sido hija de un obrero, le dieron a mi niñez. En La Grafa hay tres voces narradoras, la voz de la niña, la de la madre y la del padre. Los recuerdos evocan un momento determinado, años 1979, 1980.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia?
No fue una imagen, fue un suceso. En agosto de 2012 mi tía Elba se enfermó. Ya estaba muy grande y el temor a perderla, sabiendo lo que eso también significaba para mi mamá (Elba era su única hermana mujer entre 9 hermanos) me despertaron ganas de escribirle algo. Ese texto después trajo otro y otro más. Cuando tuve alrededor de ocho páginas escritas, lo empecé a compartir con Julián López, mi tallerista, con quien venía  trabajando poesía, y él me ayudó a soltar la muñeca (como suele decir él), dejar que el texto aparezca, y a encontrar algunos caminos en mi relato. Fueron no más de cinco meses de escritura, meses muy intensos, de mucha sensibilidad por el trabajo de meterme en esa zona del recuerdo. Fue doloroso por un lado pero a la vez muy lindo. Sentí que escribir sobre mis tíos en esas páginas les daba cierta inmortalidad. Mi sensación es que cada vez que alguien abre las páginas de La Grafa, ellos vuelven a habitar el mundo.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con la editorial Alto Pogo?
Cuando terminé de corregir, a fines de 2013, registré la novela (consejo de Leo Oyola) y lo envié a un par de editoriales. El día que Marcos Almada inauguró Alto Pogo en Espacio Enjambre, en diciembre de 2013, Alejandra Zina nos presentó, le contó de mi novela y quedamos en que se la mandaba. Al año siguiente nos encontramos en La Casona de Flores, en una lectura del ciclo Carne Argentina, y me dijo que le interesaba publicarla.

Después, en el 2016 publicaste el libro de poesía Venus en Acuario con la editorial Qué diría Víctor Hugo?, ¿cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en el libro?
La selección la hice yo, de entre varios poemas que venía corrigiendo hacía ya un tiempo. Primero con mi tallerista Julián López, y después con algunos amigos como Fernando Araldi Oesterheld, Jorge Hardmeier y Dolores Reyes, a quienes agradezco sus lecturas y correcciones. En diciembre de 2015, la editorial Qué diría Victor Hugo?, llamada ahora Kintsugi Editora, abrió un concurso de poesía y les mandé una selección de 20 poemas.  A la semana siguiente me escribió uno de los editores, Andrés Alvarado, y me dijo que los querían publicar fuera del concurso, Salió en abril.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál el que destacaron los lectores?
Hay varios que todavía me gustan. Uno de ellos se llama Mamá. Ese poema es sobre mi búsqueda, cuando niña, de algún vestigio de deseo en el cuerpo de mi mamá. Yo sentía que había algo que en ella no estaba o estaba reprimido. Las amas de casa de aquella época vivían muy anuladas, como si la diversión, el disfrute y el placer sexual no fuera para ellas. Las mujeres que yo  veía en algunas películas eran distintas, incluso algunas de mis tías más jóvenes eran distintas.
Me pasaba horas buscándole
piecitas para armarme

El poema que me suelen señalar se llama Obedezco
Obedezco al aliento de mis piernas.
A solo unos pasos
el viento de tu calle
sofocante,
sin permiso
dilata la carne.
Avanzo
-es difuso el entorno-
¡y qué me importa la mirada!
Soy dedo urgente
en tu 5to B.

¿De qué tema que te interese todavía no escribiste ningún poema?
El tema es siempre el mismo. Quiero escribir un instrumento que provoque alguna incomodidad. “Benditos los que se preguntan”, dice la poeta Susana Villalba en uno de sus versos. Eso deseo suscitar con mi escritura: preguntas.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
De todo lo que me atraviesa. Lo que vivo me atraviesa y lo que veo también. Me interesan las relaciones humanas. Me pregunto a qué llamamos amor, me pregunto por qué hay tanta violencia dentro de algunas relaciones de pareja, me pregunto por qué sentimos tanta posesión por el cuerpo ajeno. Mi escritura es mi propia indagación de lo que no entiendo. No entiendo a las parejas que se viven controlando. No entiendo el origen ni el sentido de algunas palabras, como infidelidad, por ejemplo.

¿Con qué género literario te sentís más cómoda cuando escribís?
Con la poesía.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Últimamente estoy leyendo mucha poesía. Recomendaría La pequeña voz del mundo, de Diana Bellessi. Un libro esencial sobre poesía. Recomendaría además algunas de las poetas que estoy leyendo, como June Jordan, Adrienne Reich, Enda Wyley, Westonia Murray, Marina Tsvietaieva, Svetlana Makaroviĉ, Gruss, Storni, Thénon, Bernardello. No podría mencionar a todas. Otras últimas lecturas que me interesan: Dorothy Parker, Sara Gallardo, Hebe Uhart, Gabriela Cabezón Cámara.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy trabajando en una novela hace como tres años. Escribo de a poco, a medida que va apareciendo el texto. Es una novela fragmentaria, al igual que La Grafa. Alejandra, la protagonista, cuenta algunas vivencias de su madre con distintos hombres y qué le pasaba a ellas con eso. Cuenta también algunas de sus propias vivencias  con distintas personas en el presente. Hay un ir y venir en el tiempo y en el espacio. Estoy también empezando a meterme en un terreno que me encanta que es el de la literatura para niños. Ya escribí algunos poemas y cuentos cortos. Tengo, en este momento de mi vida, más ideas y ganas que tiempo para sentarme a tipear. Ya vendrá.



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martes, 24 de abril de 2018

Tamara Grosso: “Me interesaba que el personaje fuera un concepto más que una persona”






La escritora Tamara Grosso habló con Entre Vidas acerca de su libro Guatepeor publicado por la editorial Modesto Rimba. Además, adelantó que está trabajando en otro libro que tiene el formato de diccionario y saldría en el mes de junio a través de la editorial Perronauta.




¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Creo que no tengo un ritual. Las ideas o los poemas por lo general surgen cuando estoy haciendo otra cosa o cuando no estoy en mi casa, y los anoto en donde puedo. Muchas veces, si se me ocurre una idea mientras estoy ocupada o en la calle y no puedo escribirla en ese momento, me quedo trabajando el poema en la cabeza hasta que pueda escribirlo.
Después suelo dejarlo olvidado hasta que se me ocurre ponerme a ordenar y corregir poemas, y ahí es más un ritual de trabajo, de preparar el mate y sentarme en la computadora a editar, que es el mismo proceso que tenía para estudiar o que tengo para trabajar. Separo mucho la parte de escribir, que para mí es el proceso creativo, de la de corregir y editar, que es un trabajo. Cuando escribí Guatepeor, muchas veces lo hacía en el colectivo, volviendo de la facultad, a mano en un cuaderno que tenía solo ese texto y que llevaba a todos lados. Después me sentaba a pasarlo y editarlo y se transformaba mucho.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo casi todos los días, pero poco. Algún poema o ni siquiera eso, alguna frase que anoto. Pero sentarme a ordenar y trabajar los textos, en cambio, es algo que hago muy cada tanto, cuando tengo todo un día libre, cuando junto la voluntad necesaria.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Mi mamá siempre me regaló libros y a mi me gustaba escribir desde muy chica. Después, cuando tenía más o menos 15 años, empecé a ir a un taller literario en una escuela de arte pública de La Matanza, y ahí me enteré de que existía mucha más literatura de la que yo conocía. Ahí lo empecé a tomar más en serio.

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara Guatepeor?
Guatepeor es el nombre del personaje. Tenía que tener un nombre así, porque me interesaba que el personaje fuera un concepto más que una persona. Y además que no estuviera definido nada, ni siquiera el género, si siquiera que tipo de ser era. Guatepeor me permitía jugar con el concepto de Guatemala que es el otro personaje de la novela. Todo empezó como un texto breve, de un par de escenas en las que aparecía Guatepeor como personaje que dialogaba o se comparaba con otros personajes, y después me di cuenta que eso que había escrito abría las puertas a un texto más extenso.

¿Cuál fue la imagen disparadora de la historia?
Creo que una de las primeras imágenes fue la que se terminó convirtiendo en el fragmento que dice “Una vez, se me cayó Guatepeor del bolsillo y me di cuenta seis metros después, cuando me la alcanzó alguien que cruzaba la avenida”. Creo que una lectura posible del libro es que habla de esas personas que te importan mucho en un momento de la vida y en otra etapa ya no están más, y esa imagen es muy gráfica. También la frase “Buen día Guatepeor, te invitaría a desayunar”, que está dos veces en el libro, era como una idea recurrente que tuve todo el tiempo mientras lo escribía. Era como un chiste y también algo muy serio, como “no me importa nada sos el mal, pero te invitaría a desayunar”. Tuve esa frase muchos meses todo el tiempo en la cabeza.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Eso fue cambiando también. Cuando escribí Guatepeor o los poemas que están publicados en Márgenes, creo que me interesaban las múltiples posibilidades de las relaciones entre las personas. Estaba estudiando (comunicación) y tenía en la cabeza muchas ideas teóricas y abstractas. En los poemas que estoy escribiendo ahora aparecen temas más terrenales y urbanos. Una mudanza, la casa, la ciudad, otras ciudades. Tiene que ver con diferentes etapas. Igual también estoy trabajando en otro proyecto que se va a publicar este año, y es más abstracto y en la línea de Guatepeor.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Depende a quién. A alguien que escribe le recomendaría a Lydia Davis, a Ben Lerner, o el libro El lenguaje materno de Fabio Morábito, que son libros o autores que en algún momento me recomendaron a mí. Me gustaría poder viajar a cuando tenía 15 años y recomendarme leer a Sylvia Plath, Sharon Olds, Anne Sexton, todas las poetas en inglés que conocí bastante más tarde. Y siempre leer a los contemporáneos argentinos y latinoamericanos, si no sabés que están escribiendo ellos estás en una burbuja.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
No espero nada del ambiente, sí espero cosas de mí. Espero poder tener la voluntad y la claridad para escribir todo lo que me interesa escribir.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Modesto Rimba
Conocí a Mauro Lo Coco hace muchos años en la carrera de comunicación, fue mi profesor. Después hice taller con él y cuando armó la editorial me propuso publicarme. En ese momento yo estaba escribiendo Guatepeor y Márgenes, estaban los dos terminados y los estaba corrigiendo y al mismo tiempo que Mauro me propuso publicar también me lo propuso Débora Hadges, en Objeto editorial. Durante un tiempo los libros iban a publicarse al revés, Guatepeor por Objeto Editorial y los poemas en Modesto Rimba. Al final en algún momento tuve la epifanía de que tenía que invertirlos y por suerte los dos aceptaron porque creo que esa era la editorial correcta para cada uno.

¿En qué otro proyecto estás trabajando actualmente?
En un libro que todavía no tiene el título definido y que tiene el formato de un diccionario, con la editorial Perronautas. La idea es que salga en Junio. Con ellos ya publiqué una plaqueta, que se llama Las partes de la ciudad y es un mini poemario. El proyecto nuevo es muy distinto, es en prosa y de género no muy definido, más parecido a Guatepeor. También en paralelo estoy escribiendo otros poemas que estoy corrigiendo con Laura Wittner, y que me gustaría publicar más adelante.



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miércoles, 18 de abril de 2018

Samantha San Romé: “Somos lo que nos pasa”






La escritora Samantha San Romé habló con Entre Vidas acerca de su novela Todo lo que nos pasa, editada por Hojas del Sur. Además, la poeta señaló que defiende mucho las redes sociales para crear lazos y que hasta le importan más que los premios.



¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Muchos. Despliego uno u otro según la necesidad del texto. Tengo que entrar en clima, ejercitar el músculo del lenguaje. Salgo a caminar. Me siento en un café o en una plaza y miro. Tomo apuntes. Escucho. Leo. A veces necesito el silencio y la soledad total. Después me aburro o me deprimo. Me abro un vino, le escribo a algún ex, a mis amigas, necesito hablar, escuchar música, bailar, les digo que vayamos a un bar. Todo es parte de lo mismo. Si quiero escribir, hago todas las cosas para encontrar inspiración, hasta ir al chino a ver qué pasa. En general, pienso de noche. A la noche aparecen las ideas. A la mañana hago una estructura, ordeno. Tiene que haber luz, abro las ventanas. Y durante el día soy la obrera: trabajo el texto.

¿Con qué frecuencia escribís?
Creo que la mente está escribiendo siempre. La consciencia es un texto. Prácticamente, en la “hoja”, todos los días escribo algo. Aunque sea una palabra.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Diría el amor por la escritura porque me recuerdo escribiendo antes y más que leyendo. Mis viejos me escribían cartas. Mi papá escribía canciones. Mi mamá copiaba poemas en las carpetas. Yo escribía en diarios e inventaba historias y se las contaba a mis amigas en los recreos de la escuela. Seguro se acuerdan. Después tuve que leer. Si quería escribir, tenía que leer más. Pero fue en la adolescencia.

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara Todo lo que nos pasa?
Tiene que ver con la identidad, con la pregunta sobre quiénes somos. Juan Solá lo definió mejor que yo en el prólogo: “al final es todo lo que nos pasa lo que nos enseña a amar”. Somos lo que nos pasa. Precisamente: vamos siendo. Pero somos cuando elegimos. Ese fue mi aprendizaje. Al principio pensé que estaba hablando de un personaje femenino que buscaba su libertad. Está de moda eso de soltar, de desprenderse de cosas y de personas para ser libres. Y entendí que la protagonista no buscaba liberarse de nada ni nadie sino aceptar lo que tiene, lo que le pasa, cómo le pasa, reconocer el propio deseo y vivir con lo verdaderamente suyo, a su manera. En el medio yo estaba leyendo sobre zapatismo y la palabra autonomía me influenció bastante –alegremente- porque tiene en cuenta a los “Otros”.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
No fue una imagen, fueron voces. La voz de Bety, esa viejita que se la da de sabelotodo sin llegar a ser arrogante, que cada dos oraciones cita el horóscopo y a través de Julia intenta hablarle al marido muerto, que aprende a amarlo. Una voz contradictoria que se dice y desdice, que se forma de lo que es, lo que dice ser, lo que fue, lo que quiso ser, lo que no se animó y también lo que no pudo. Y la voz de Julia rebelde y escéptica, pero con su propia fe en los ideales. Ellas dos hablando, con palabras que las unen y rechazan. Todo el tiempo así: “Querida, la vida es lo que nos pasa. También es lo que elegimos, Bety. Bueno Julia, pero elegimos lo que podemos. Y como podemos, Bety.” Todo eso tomando vino y escuchando tango.

¿Cómo fue el proceso de escritura?
La novela la escribí en un año (creo). Lo disfruté mucho. Escribí escuchando música, leyendo astrología trucha, llorando, en el bondi, escuchando a la verdadera dueña de mi departamento. Hasta hice entrevistas. Para un capítulo, quise entender a alguien muy religioso y le pregunté a mi mamá: “¿para vos qué es el cielo?” Pensando que me iba a decir una pavada y me dijo la respuesta más linda: “un misterio”. Está en el libro.

¿Cómo surge la idea de incorporar en algunos capítulos diálogos de chat?
Surge de una idea que vengo trabajando y pensando más allá de la novela. Tiene que ver con la lingüística y la semiótica. La idea de que todos/as usamos la función poética del lenguaje cuando escribimos en el chat. Todas esas decisiones que tomamos, lo que hacemos y seleccionamos cuando charlamos virtualmente, le importa a la literatura. O debería.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
No sé, ¿qué podemos decir nosotros/as sobre los temas? Me siento un poco ridícula diciendo que hablo de amor o de libertad o del miedo. En general, el ser humano es alguien que siempre siente que tiene cosas importantes para decir. Es un poco cansador darnos cuenta de que hacemos eso: hablamos todo el tiempo. A mí me gusta la literatura que surge de lo que veo y lo que escucho, de los demás, de lo que leí. Me gusta cuando es al revés: cuando la escritura es la que habla, cuando nutre los temas y el yo se desdibuja un poco y no te sentís el centro del mundo porque encima no lo sos.

También escribís poesía, ¿con qué género literario te sentís más cómoda?
Si yo pudiera definir, diría que la poesía es el lenguaje de todo texto. Una manera de estar y de mirar y de hacer. Es más todavía, es toda una cosmovisión del mundo que para mí tiene que ver hasta con el socialismo, con desnaturalizar, con la creatividad, con cuestionarnos las cosas tal cual las conocemos. No me siento cómoda en los géneros. Pero sí, diría que el poema es más generoso. En narrativa siento que tengo que saber más cosas. Hay una grieta ahí. La poesía es más revolucionaria, libre, inclusiva aunque pareciera que se mueve en un círculo cerrado. Para mí es más excluyente la narrativa, más prejuiciosa, menos auténtica. Hay canon, hay bien y mal. Capaz no sea así, pero yo lo siento así.

Publicaste anteriormente el libro de microrrelatos Permanente con editorial Árbol Gordo y el libro de poesía Ojalá el tiempo no fuera una prisión con la editorial El Ojo del Mármol. ¿Cómo fue el proceso de selección de ambos libros? 
Sí, los libros fueron tres experiencias súper distintas pero relacionadas. Los poemas y los microrrelatos los ordené buscando una coherencia. Así descarté muchos textos. Lo que desecho no es que lo tiro, lo guardo para otro libro o queda en alguna parte. Pero intento que las partes sean un todo que es el libro y que tiene que tener un sentido.

¿Cuáles son tus poemas favoritos y cuáles los que han destacado tus lectores?
Mi poema preferido es el epígrafe del libro de poesías “ojalá el tiempo no fuera una prisión” y no lo escribí yo, lo escribió mi hermanita Sara a los seis años durante un ejercicio que hicimos juntas en mi taller. Dice: “Una nena abre una puerta y ve una nube rosa. Entonces se sorprende y quiere ir a tocarla, pero la nube se desarma”. Habla de la ilusión mejor que nada. Tengo preferidos, pero queda mal que los diga yo. En general coinciden con los que me han destacado. Eso es bueno.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Esa pregunta siempre me costó porque yo voy cambiando, entonces cambian los libros: mis preferidos y mis lecturas. Pero hay cosas que no cambian. Algunas mujeres: Marguerite Duras, Sharon Olds, Clarice Lispector, Virginia Woolf. Hay que leer los libros y autores que nos gustan. En eso también es importante elegir. Tenemos que conocernos y saber cuáles son los libros para nosotros/as. Armar el propio canon porque el que arman para nosotros no puede representar a todos, deja gente afuera. Es ideológico. Excluye gente de la lectura. Lo que sí recomiendo es leer siempre otras cosas: filosofía, política, psicoanálisis. Es útil para escribir.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Hojas del sur
Por las redes sociales. Es una oportunidad para quienes tienen proyectos de escritura. Es para otra nota, pero democratiza bastante. Yo defiendo mucho las redes para crear lazos. Me importan más que los premios. Te leen más personas que en un jurado. Y mientras ahí te dicen está bien o mal, en las redes te llega un mensaje como: tu texto me hizo escribir esto… y eso puede ser un círculo de intercambio re poderoso.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Siempre escribo poesías. Estoy escribiendo unos mails porque sigo con el tema de la virtualidad, pero no lo pienso como proyecto. El proyecto viene después.



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Gabriela Clara Pignataro: "Hay en la tundra una especie de mitología para mí"





La escritora Gabriela Clara Pignataro habló con Entre Vidas acerca de la publicación de su flamanete libro de poesía Tundra con Añosluz Editora. La presentación será el viernes 20 de abril a las 21 horas en El Quetzal Casa Cultural, Guatemala 4516, Palermo y contará con la presencia de las escritoras Fernanda García Lao y Gabriela Luzzi.




PH Delfina Carmona


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No sé si es un ritual, pero sí una tensión o una provocación: desconfiar de la imagen que aparece, dejarla ir, no forzarla. Si retorna e insiste, puede que la escriba. Es como una sustancia, una emulsión que va de lo invisible a lo visible y se constela en una forma a la que a veces el pensamiento y el lenguaje ordenan imperfectamente. La poesía es un acecho. Nunca siento o digo “voy a sentarme a escribir un poema”, es más bien un ente acuciante que merodea lo cotidiano y cuando irrumpe, cuando esa imagen, esa forma punza, tomo notas, que muchas quedan desguazadas en cuadernos, archivos de word, un pizarrón en la cocina, al borde del recibo de expensas.

¿Con qué frecuencia escribís?
Creo que todo el tiempo, aunque el devenir gráfico aparece en islas a lo largo de los meses; pero digo todo el tiempo, porque considero que no se puede nunca abandonar la observación y la simbolización del mundo conocido y también de lo incognoscible. Es un filo que recorre la experiencia, un modo de leer lo habitable y habitado que luego es poema, esa forma nueva que antes no existía. Es la manera que encontré de hacerle preguntas al plástico que recubre toda las cosas. Desde las 6am que despierto, el trabajo, el barrio, los mandados,etc, etc, hasta la trasnoche que me acuesto (y también cuando se duerme) el residuo de todo eso, con suerte y dedicación en algún momento puede llegar a quedar registro.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
No estoy muy segura, pero puede que la búsqueda en la poesía venga por un lado como un efecto de la fascinación por la ciencia ficción, los enigmas y la física cuántica que emocionaban a mi viejo, y de la mano de él, de sus colecciones de libros de tapa azul con letras plateadas, su universo de taller mecánico, camiones, relatos de viajes; y por otra parte una llave importante fue último regalo que me hizo mi vieja, una antología poética de Goethe que había conseguido en el Parque Rivadavia después de mucho buscar, también los textos del Subcomandate Marcos que ella leía, los boleros que cantaba. Creo que ese amor también tiene que ver en encontrar en la poesía una suerte de protección, de resguardo, una fisura donde podía escaparme y ahí ejercitar mi propia violencia.

¿Por qué decidiste que tu libro de poesía se llamara Tundra?
Hay en la tundra una especie de mitología para mí. Son varios los motivos: porque es un bioma inhóspito, dónde sorprendentemente crecen muchísimas flores que soportan lo extremo dónde los árboles no, entonces esa relación ilusoria entre condición, apariencia y vitalidad guarda el misterio de lo insurgente; está poblada de animales salvajes, nocturnos, solitarios, depredadores y también de clanes, hay una potencia rabiosa en sus movimientos, sus hábitos. Me resulta hipnótica la existencia de cosas pequeñas, mínimas como los líquenes, los musgos y la escala inconmensurable extensión de suelo permanentemente helado. Me gusta quedarme en el páramo y ver que pasa, dejar que el tiempo pase, hacer uso del silencio y del ruido, que herramientas elementales se ofrecen, descubrir que materia prima anida para mí.

¿Cómo fue el proceso de selección de las poesías que aparecen en el libro?
Fueron organizándose en pulsos, en ejes más atmosféricos por así decirlo, que en el libro son capítulos: hielo, hacha, polvo, fuego, madera. Durante muchos años las poesías fueron, guardándose en carpetas, con fotos, notas, cosas que voy encontrando objetos que guardo y al releer los poemas varias veces, encontré los diálogos posibles entre estos, sus texturas.

¿Cuál es tu poesía preferida del libro?
Creo que Juana de la Tundra.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De todo lo que pueda alimentarse. Creo que siempre hay preguntas, intersticios, una cierta condición de extranjeridad (soy hija de inmigrantes, mediante desarraigo y destierro), el errabundeo, distopías, elementos naturales, la rabia, una renuncia a la obediencia. También un cierto pesimismo: si todo lo percibiera bien, no intentaría excavar y redirigir las ramas que pueden tocar el relato de lo real ¿Qué es esto que me han dado? ¿Qué puedo dar? ¿Qué entrego en retorno?

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías? 
Ouf hay muchísimos, qué difícil. Voy a nombrar de los últimos libros que leí entre los editados en el último año, sólo por acotar un poco el arco:  El sueño de Sara Singer de Laura García del Castaño, Dolorosa de Fernanda García Lao, Hay leña de Jimena Arnolfi, El agua inmóvil de Pierre Froidevaux, Último signo del árbol de Guillermo Villani, Amiga de Malena Saito,El mal amor de José Sbarra.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Ninguno, en el sentido que no escribo pensando en el ambiente, no es mi afán ser leída sólo en ese corset específico. El poema y el gesto literario es hacia cualquiera. Escribo, intento, escribo y ojala sea para muchos desconocidos; me gustaría afilar bien mi estaca, que las poesías rompan el hielo que puedan, que sean leídas, que se vuelvan algo para alguien.  Un amuleto o un desperfecto técnico. El poema se defiende solo, todo enaltecimiento es accesorio. Si me preguntás que deseo: un poema como bomba en el sistema, un virus silencioso.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Añosluz Editora
Con sorpresa. Añosluz Editora trabaja su catálogo de una manera muy particular, profesional y delicada a la vez, editan títulos hermosos, necesarios y sin pensar en una lógica del auge o la novedad. En algún momento me dijeron, “che mandanos algo alguna vez”. Pasó mucho tiempo desde que clausuré Tundra desde mi proceso (dos años) hasta que dije “bueno ahora que otro lo guadañe”, y ellos se interesaron. Son muy buenos editores y lectores de poesía.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy intentando cerrar un proyecto de fotografía analógica que arrastro hace años (soy de procesos lentos), de registros de más de 15 rollos, diversas estaciones y puntos geográficos. También sigo trabajando en un proyecto de instalación documental con mi amiga y directora de teatro Daniela Tuvo que se llama BORDER/IN, sobre migración forzada y refugiados, que esperamos con muchas ganas poder montarlo este año en algún espacio.
Por todo lo demás, llegar a fin de mes, cada mes.




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sábado, 14 de abril de 2018

Francisca Mauas: “Necesito convivir con los personajes de mi ficción antes de sentarme a escribir"




Francisca Mauas habló con Entre Vidas acerca de su flamante libro de narrativa en verso Una sombra entre nosotros publicado por Halley Ediciones y de su editorial Azul Francia.




¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Ninguno en particular, me parece. Cada creación fue diferente. Lo que sí me pasa – aunque no creo que sea original – es que necesito convivir con los personajes de mi ficción antes de sentarme a escribir. No existe la hoja en blanco. Hay un tiempo que le precede, lindísimo, cuando aparece una idea y luego los personajes, que cobran vida en la cabeza y ya toman sus propias decisiones.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribir es la etapa casi final. Me siento a hacerlo cuando ya tengo una mínima idea desarrollada. No creo que a todos los que escriben les pase lo mismo. Debe haber quienes se sientan con la hoja en blanco y fluyen como una cascada, pero no es mi caso. Yo necesito tener la idea ya trabajada, convivir con ese mundo y sentirme parte. Por eso la frecuencia es difícil de calcular. Escribo bastante seguido. A veces simplemente tomo notas en un cuaderno, en cualquier parte, y eso también es escribir o es, al menos, parte del proceso.

¿Por qué decidiste que tu libro de se llamara Una sombra entre nosotros?
Es una frase y un concepto que juega en uno de los tres cuentos del libro. Es algo así como un delirio persecutorio de uno de los personajes, que se siente una sombra entre otros dos. A la hora de buscar un título, me pareció que también era algo que tenía que ver con los otros dos relatos. Una sombra que nos persigue, que nos perturba o que nos ama y que, como toda sombra, es ineludible.

Para el que todavía no leyó el libro, ¿qué podrías adelantar del mismo?
Es de lectura rápida. Son cuentos escritos en verso, ágiles, sospecho que ideales, por un lado, para quienes no leen mucha poesía, porque estos textos tienen una historia con personajes como si fuera narrativa y, por otro lado, ideales para aquellos que sí leen poesía y que quieran experimentar un poema largo, distinto a lo que vienen leyendo.

¿Cómo fue que decidiste escribir un libro de narrativa en verso?
Empezó como un experimento. Pasé por la poesía, por el teatro, por un intento de novela, por los guiones… y estaba un poco aburrida, preguntándome qué podía inventar. Y entonces, no recuerdo cómo, empecé a bocetear un cuento en verso. Se lo mandé a mi profe, al gran Diego Paszkowski, y a él le gustó. Me alentó a seguir y continué hasta escribir estos tres relatos. Lo corregí incansablemente, con él y con la ayuda, por supuesto, de Mariana Kruk, que es la editora de Halley, la más genia, compañera y obsesiva por que todo quede perfecto. Un placer.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con Halley Ediciones?
Mariana Kruk y yo nos hicimos amigas a través de la poesía. Hace unos años, alguien en común nos presentó. Fue encanto a primera vista. Yo amé su escritura y ella la mía. Y eso dio comienzo a una amistad muy preciosa, que tiene que ver con las letras y con lo personal. Una cosa riega la otra. Te lo cuento y se me caen las lágrimas porque son muy emocionantes esos encuentros donde todo juega y todo vale. Ella abrió esta editorial y me ofreció ser parte, pero creo que surgió naturalmente. Ojalá yo tenga el honor de editarla a ella también.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
De los libros que leo, de las películas, del arte en general, que siempre genera más arte. De quienes me rodean, de lo que veo del mundo, de lo que me gustaría ver, de lo que no me gusta y desprecio, de lo que me duele, de lo que me parece injusto, de lo que me parece bello, de los sueños que recuerdo al despertar. De todo y de nada, supongo.

¿Con qué género literario te sentís más cómoda cuando escribís?
Casualmente en esto de la narrativa en verso me encontré cómoda. Igual en general no le temo a la escritura. Puedo hacerlo mal o bien, pero es un lugar del que me adueñé desde chica. No importa el género. Ni siquiera importa si es escritura o si es otra disciplina por la que he pasado. Es todo lo mismo en cierto punto. Es uno, ahí, medio desnudo, un poco infantil, tratando de sacar algo de adentro.

¿Cómo fue que te decidiste a armar la editorial Azul Francia?
No tenía idea de cómo se manejaba el tema de las editoriales independientes, salvo por los libros que me editaron otros y a través de los amigos y conocidos editores. Creí que era más complejo. No digo que sea fácil, pero no es imposible. Al menos por ahora, desde que arranqué, no me encontré con obstáculos complicados. Tenía ganas de tener algo propio, que tuviera que ver con las letras, que tuviera que ver con publicar libros, con colaborar con la literatura, con aprender algo nuevo, con agregar a mi vida algo que me divirtiera y me diera impulso a levantarme más contenta.

¿Por qué le pusiste ese nombre?
Azul es mi color favorito y es, además, una obra de teatro que escribí hace unos años, a la que le tengo mucho cariño. También es un nombre que tengo reservado por si algún día tengo una hija. Es una palabra que me gusta musicalmente y que, a pesar de que suele asociarse con la tristeza (blue), para mí tiene que ver con la creación, y nada de lo que sea creación es tristeza, sino alegría y, en cualquier caso, con transformar la tristeza en feliciad. Francia vino de forma natural, por añadidura, es casi mi nombre, un país que relacionamos – en general – con lo romántico, con lo inalcanzable. Estaba en la calle y pensé Listo, lo tengo, es Azul Francia.

¿Qué criterio manejás para la elección del material que editan?
Oigo mucho el término “línea editorial”. Nuestra línea editorial esto, nuestra línea editorial aquello. Mi línea editorial apunta a que me guste lo que estoy leyendo, a que el autor me atraiga como persona, a que sienta una conexión tanto con el texto como con el autor o autora. No son parecidos entre sí los autores ni responden a un criterio en cuanto a estilo ni mucho menos. Es como la literatura que leo y disfruto, es decir, no siempre igual.

¿Con qué obstáculos te encontraste al momento de armar la editorial?
Una vez armado un poco todo (diseño gráfico, armado del primer libro, trámites de toda índole, etc), lancé las páginas de las redes sociales habituales y entré en pánico cuando me encontré tantos autores desesperados por publicar. Me sentí identificada con ellos, por supuesto. Y me asusté cuando me di cuenta de que tenía una editorial y de que tenía que ser cuidadosa con el material que recibía, con las respuestas que daba, con los egos delicados de los artistas. Ese fue un primer obstáculo, creo. Pero la razón por la que no tuve demasiadas dificultades es principalmente porque tengo a Mariana que, además de editar Una sombra entre nosotros, me ayuda en todo. Sin esa mano mágica, imposible.

¿Cuáles son los primeros lanzamientos de la editorial?
El primero, que ya está a la venta y cuya presentación es el 20 de abril, es Almagedón o El final de la razón, una obra teatral de Daniel Canney, que es un artista muy completo, gran persona, muy especial y un orgullo. Me gustó que el primer lanzamiento fuera dramaturgia, ya que el teatro y la actuación son uno de mis primeros amores. Y los que se vienen son dos de poesía, muy diferentes, uno de Gabriela Lucatelli y otro de Pipu Simeoni, dos hermosas poetas que se la juegan toda con sus textos, y una novela corta, muy divertida, de Jorge Rosker. Muy contenta con todo.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Uy, qué difícil. Son tantos… Primero recomiendo los de mi profe Diego Paszkowski. Cualquiera de sus novelas es deleite asegurado. También escribe para niños y adolescentes. Recomiendo a mi editora, que es una poeta imperdible. Recomiendo los clásicos que me gusta leer y que nunca fallan: Bolaño, Phillip Roth, Patricia Highsmith, Flaubert, Bioy, Borges. Hay un libro espectacular que se me viene a la cabeza ahora, que me prestaron en su momento, llamado “Gone girl” (Perdida), de Gillian Flynn. No sé cuán reconocida es ella ni su obra pero es un thriller muy interesante y muy bien escrito. Se hizo una película aunque, como puede pasar, no llega ni a los talones del libro.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
En nada especial. Abocada a mi nuevo rol de editora y abierta a que caiga cualquier idea para escribir. Sin apuro. Disfrutando de haber publicado Una sombra entre nosotros.



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