jueves, 17 de mayo de 2018

Paula Vázquez: “La pulsión de escribir está vinculada a una indagación sobre mi mundo interno”





La escritora Paula Vázquez publicó el libro de cuentos La suerte de las mujeres a través de Añosluz Editora y habló con Entre Vidas acerca de dicha publicación que obtuvo un premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016 y de sus próximos proyectos entre los que se encuentra la corrección de un poemario llamado La brújula sumergida.


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Tantos que no sé si por lo numerosos dejan de calificar como “rituales”. Escribo en una libreta que siempre llevo en la cartera. Escribo en las notas del celular. Escribo en los márgenes de los libros, de cualquier libro que esté leyendo, con lápiz negro, con birome bic azul, sin límites ceremonias ni respeto por más hermosa que sea la edición. Me despierto en medio de la noche y escribo recortes de sueños en el soporte que tenga más a mano. Soy capaz de interrumpir una conversación para anotar una frase que escuché al pasar o que dijo mi –pobre, padeciente- interlocutor. Me gusta mucho escribir cosas que escucho por la calle, en el supermercado, en reuniones con clientes… todo puede servir.

¿Con qué frecuencia escribís?
Todos los días. No siempre con una forma o un objetivo determinado. Después el proceso de escribir un cuento, un poema, es distinto. Necesito hacerme tiempo y espacio para unir todo y componer algo que tenga la forma de un poema, un cuento o lo que sea.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Crecí en una casa en la que no había biblioteca. A los ocho años la Navidad me dejó un Pequeño Larousse Ilustrado de tapa roja, con el que cada noche “jugaba”, y que aún conservo en mi biblioteca. El primer recuerdo que tengo del contacto con la literatura es de un vendedor de colecciones de literatura infantil que pasaba todos los meses, tocaba el timbre en mi casa, dejaba un catálogo, yo elegía y mis padres, por suerte, accedían a comprarme lo que yo les pedía. Después, en el colegio, a través de alguna profesora de literatura, Borges, Cortazar, esas cosas. Y más tarde, a los catorce empecé en el Centro Cultural Rojas el taller literario de Diego Paszkowski, y seguí en los grupos en su casa. Ahí descubrí a Carver, Don DeLillo, Papini, Pennac, Saer, Auster, muchos. Gonzalez Tuñón, Idea Vilariño, también, aunque no leíamos mucho poesía. Y también descubrí la escritura como proceso colectivo y aprendí mucho de mis compañeros y compañeras.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara La suerte de las mujeres?
Así se llamaba un ejercicio breve que estaba incluido en la versión original del libro, pero que desentonaba con el resto de los cuentos. Cuando, junto a mis editores (AñosLuz), decidimos sacarlo de la selección final apareció medio evidente que ese tenía que ser el título del libro. Creo que ese título tiene la virtud de zurcir un significante o la dirección que tiene el libro.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
El libro ganó un premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016. A esa primera selección, que trabajé en el taller de obra con Hernán Vanoli, se agregó un cuento nuevo que escribí en 2016 pero que está muy pegado al tono del libro: “Tulipanes”.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Tengo dos cuentos preferidos. “Los pescadores”, porque la infancia y la amistad en el tránsito de niñas a mujeres es algo que me atrae como objeto de indagación y “Un hombre en la ventana”.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
La pulsión de escribir está vinculada a una indagación sobre mi mundo interno. Así que va siempre un poco de la mano de lo que me esté atravesando en ese momento. No quiere decir que me identifique con una “literatura del yo” o con lo autobiográfico. Es más la búsqueda del momento en que la voz propia se vuelve extraña. Un poco como la técnica de la asociación libre. Escribo para ver si puedo hacerme decir lo que de otro modo no soy capaz de decir.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Nocturnos, de Idea Vilariño. Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Las chicas, de Emma Cline. Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi. A propósito de las mujeres, de Natalia Ginzburg. Cualquier cosa, así sea un apunte al pasar o un video en youtube, de Clarice Lispector. La materia de este mundo, de Sharon Olds. Todos los cuentos de Lydia Davis. O de Flannery O´Connor. O de Amy Hempel. Trilce, de Vallejo. En picado, de Nick Hornby. Nicanor Parra, cualquier cosa. La invención de Morel, de Bioy Casares. Todo Andrés Rivera. No tengo una aproximación formal a la literatura así que la selección es bastante caprichosa.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con Añosluz Editora?
Me contactaron porque a través de alguna red social se enteraron de que el libro había ganado el premio del Fondo. Yo venía de una experiencia fallida con una editorial grande y en dos minutos sentí que AñosLuz era un espacio hermoso y comprometido con sacar un buen producto. Cuando me mandaron la foto de tapa confirmé que todo lo que yo quería que fuera el libro estaba representado en el amor que le pusieron a la edición.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Tengo unos seis o siete cuentos terminados, que podrían ser un nuevo libro, pero que aún siento muy pegados al tono de “La suerte de las mujeres”. Así que me quiero tomar un tiempo para probar y pensar a conciencia qué quiero escribir. En el medio me reencontré con la poesía. Estoy terminando de corregir un poemario que se llama “La brújula sumergida”.



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Paula Giglio: “Me interesa la escritura en todas sus facetas”






La escritora Paula Giglio publicó el libro de poesía Un lugar para mis piernas largas con Caleta Olivia Ediciones y habló con Entre Vidas acerca del proceso de escritura en el que escribió sobre Buenos Aires. Además, la poeta señaló que si bien los libros que publicó hasta ahora son de poesía, no pierde el interés por otros géneros literarios.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No es algo que prepare, en verdad, porque siempre me sucede en la calle, cuando viajo en colectivo, en el medio de una reunión, cuando ya casi estoy por dormirme… Entonces lo que hago es anotar la idea, o a veces directamente el verso, y con el tiempo empiezo a encontrar patrones comunes en todo ese material aparentemente inconexo que se va generando.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
Más que amor, yo diría extrañeza, factor sorpresa en un sentido positivo, y fueron los poetas neobjetivistas, llamados también “poetas de los ´90”. En este estilo -más bien descriptivo, donde aparece la voz de un sujeto que observa los acontecimientos como desde afuera- encontré una puerta para empezar a escribir en verso.

¿Por qué decidiste que tu libro se llamaría Un lugar para mis piernas largas?
Era algo que tenía escrito mucho antes de que el libro comenzara a armarse. Pensé varios títulos, pero ninguno me cerraba. Hasta que un día, revisando notas viejas, dije: es este. Creo que los mejores títulos aparecen siempre como una epifanía.

¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en el libro?
De repente, estaba escribiendo sobre Buenos Aires. Los poemas van, caminan solos y un día se frenan. Ese día descubrí que tenía un libro terminado.

¿Cuál es tu poema preferido del libro?
Y… es como preguntarle a una madre a cuál de sus hijos quiere más. Amo a todos los poemas por igual. La experiencia que está por detrás de cada poema puede ser, en todo caso, de mayor o menor agrado; en este sentido, tengo hermosos recuerdos del primer año en el que me mudé a Buenos Aires, donde todavía me perdía por sus calles y no sabía qué colectivo tomar para ir acá o allá. Lo viví como una exploración diaria y divertida. Hoy lo revivo cuando, de repente, me encuentro cortando camino por una calle insólita, cuyo nombre no me suena ni remotamente. Hay algo de inocente en el hecho de estar perdido en un lugar, como una sensación de infancia.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Me suelen hablar de la influencia de la filosofía en mi poesía, de la que seguramente no me escapo. En lo personal, igualmente, me autopercibo como alguien que escribe más desde lo intuitivo, desde algo cotidiano; situación común que no pudo ser registrada como común y natural. En esa vuelta de tuerca va un poco mi camino. Últimamente, las grandes ciudades han sido fuente de inspiración, por supuesto con Buenos Aires a la cabeza.

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías? 
No sé si los recomiendo, en el sentido de que no todo autor es para cualquier lector, pero son los que a mí me gustan: los objetivistas –Casas, Wittner, Gambarotta, Raimondi, por poner algunos- Symborska, Brodsky, Circe Maia, Sharon Olds, Lydia Davis, Anne Carson, Teillier, Lihn, Vallejo, Han Dong, Lispector, que no es poeta pero su prosa es muy poética, lo mismo con Marguerite Duras, Marechal, Di Benedetto, Inés Garland… Además de narrativa, también leo dramaturgia. Beckett me marcó un montón.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Los mismos que intento tener en cualquier grupo humano reunido bajo algún fin común; no creo que haya que sobrestimar las circunstancias externas sin que primero se generen en algún lugar más interior de uno, y si uno considera que lo que escribe (más todo el trabajo que eso conlleva) es valorable, en el afuera va a tener valor, va a generar empatía, va a traer afecto. Yo recibo muchos mensajes de gente que no conozco que alguna vez leyó un poema mío, o que recibieron la recomendación de mi libro, o que lo encontraron en la biblioteca de un amigo ayudando en la mudanza y lo leyeron y les encantó… Ese tipo de anécdotas y devoluciones me llenan de alegría porque quiere decir que en un mundo tan dividido, el arte todavía genera puentes entre los seres humanos; ni hablar de cuando me escriben diciendo: compuse este tema en base a tu poema… Se me vino esta imagen y la pinté, mirá, ¿te gusta?

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Caleta Olivia Ediciones
Lo mandé a la editorial y a Gabo le gustó.

¿En qué nuevo proyecto estás trabajando actualmente?
Me interesa la escritura en todas sus facetas. Ahora se me dio por escribir poesía, pero nunca pierdo el interés por otros géneros literarios y la indagación en universos para mí desconocidos. Algún día, quizás… Por lo pronto, tengo otro libro de poesía en camino, ya casi listo, que viene escribiéndose desde hace dos años. Pero tiempo al tiempo, que las Piernas Largas se van a poner celosas.


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lunes, 14 de mayo de 2018

Inés Kreplak: “La literatura durante la infancia fue mi vía de escape”






La escritora Inés Kreplak habló con Entre Vidas acerca de su novela Confluencia editada por Alto Pogo y contó que la imagen disparadora que dio inicio a la historia fue una foto de una casa en construcción en el delta, sin techos, con las vigas de madera puestas, parte del piso y una carpa tendida a unos metros. Además, comentó que está trabajando en una tesis que la tiene obsesionada.


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
La sensación es que “concentro” como los deportistas. Me encierro horas, días, lo que pueda. Si estoy de vacaciones, me retiro, lejos, durante horas con la computadora. El cuento que más me gusta lo escribí mirando el mar. La naturaleza me inspira bastante. Pero si estoy en la ciudad, me encierro. Puedo llegar a faltar al trabajo, cancelar eventos si tengo ganas de escribir. Por eso no lo hago tan seguido. Me absorbe. 

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo todo el tiempo.  Pero literatura, por épocas.
Tengo algunas cosas en las que obligatoriamente tengo que ser regular y ordenada, por lo tanto, en las cosas que puedo elegir me manejo más irregularmente.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Siempre hubo biblioteca en mis casas. Mis padres leían mucho los dos. Pero creo que fue una elección. Yo pedía que me leyeran, pedía que me contaran cuentos antes de dormir, rogaba que me llevaran a la librería, que me compraran libros. Mi papá me había grabado unos cassette en donde me contaba cuentos y yo los escuchaba en Roca, donde vivía entonces. La literatura durante la infancia fue mi vía de escape.

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara Confluencia?
Porque es una palabra que tiene que ver con lo que se narra, con cómo se narra y el lugar en el que transcurre la mayor parte del relato. 

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
Una foto de una casa en construcción en el delta, sin techos, con las vigas de madera puestas, parte del piso y una carpa tendida a unos metros.

¿Cómo fue el proceso de escritura?
Trabajaba mucho durante la semana, cuando podía viajaba a Tigre y cuando volvía me quedaba dos días enteros escribiendo todo. Después fue un trabajo largo de corrección durante los fines de semana y entre trabajo y trabajo.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Alto Pogo
Había trabajado con Marcos Almada en la colección de literatura argentina Leer es futuro que armamos para el Ministerio de Cultura de la Nación. Me ofreció leerla en calidad de amigos cuando la terminé. Me hizo algunas sugerencias y un día me dijo que no me ayudaba más si no la publicaba en su sello.  Básicamente me extorsionó.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De las tretas humanas que inventamos para poder vivir juntos.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Soy ecléctica. Mis libros favoritos clásicos hoy son Moby Dick y Las mil y una noches. Soy muy fanática de Flannery O´Connor, de Cheever, Carver, Hemingway, pero también de Carrère. Admiro mucho a Rodolfo Walsh. Le debo mucho de mi amor por la literatura a Elsa Bornemann, a Graciela Montes, a Ema Wolf y a Roal Dahl. En poesía Juan Gelman, Héctor Viel Temperley, Jorge Teillier, Laura Wittner, Fabián Casas, Sonia Scarabelli, Sharon Olds y muchos más que ahora me estoy olvidando. Leo mucho, leo de todo y eso hace que no pueda decidirme ni por un género, ni por un estilo. Hay momentos para cada cosa. Ahora estoy muy fan de Gabriela Cabezón Cámara, pero porque también la estoy estudiando y la admiro.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Lograr que mi trabajo, sea el que sea, pueda permitirme leer y escribir la mayor cantidad de tiempo posible. Me interesa el arte y la cultura como un lugar creativo, con potencial “revolucionario”, aunque sea en un sentido pequeño, y crítico del mundo en el que vivimos, del modo en que nos vinculamos. Tengo armados proyectos en ese sentido, pero lamentablemente, tengo que regular mi energía y los tiempos que le dedico a cada cosa.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy escribiendo una tesis, que me tiene obsesionada.
Mientras estoy pensando y repensando unos poemas con Laura Wittner.



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Gustavo Yuste: “Lo cotidiano es lo que más me llama la atención”




PH Tamara Grosso

El escritor Gustavo Yuste acaba de publicar su libro de poesía Lo que uso y no recomiendo con la editorial Modesto Rimba y en diálogo con Entre Vidas analizó algunos de sus poemas y adelantó que se reeditarán dos libros suyos de poesía pero reunidos en uno solo y con la edición de El ojo del mármol. Además, contó que está puliendo el libro Personas que lloran en sus cumpleaños para su posible publicación el año que viene.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No tengo ningún ritual. Sí soy de trabajar mucho el poema en mi cabeza antes de escribirlo, por lo que retengo ideas o frases escuchadas por ahí hasta que el texto termina de tener forma. Eso puede durar varios días. Incluso, puede que semanas o meses después aproveche frases anotadas en un cuaderno o en cualquier lado para un nuevo poema.

¿Con qué frecuencia escribís?
Siempre que puedo, pero en poesía es difícil hablar de frecuencia, porque no creo que funcione una autoexigencia o una rutina para eso. Sí es importante leer todos los días, ya sea poesía o cualquier género literario. Eso te mantiene siempre lúcido para cuando el momento de la escritura llegue. En cambio, cuando escribí Personas que lloran en sus cumpleaños, novela breve inédita por ahora, la frecuencia diaria a la hora de la escritura sí fue una obligación que me puse.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
No hubo una persona en particular, fue algo que se dio espontáneamente. Reconozco que no fui un gran lector de chico, recién empecé a cultivar el hábito de la lectura a los 16 años gracias a una profesora de Literatura que tuve en el secundario, que se llama Silvia Aradas. De esa época me acuerdo haber leído dos libros con bastante intensidad: Rayuela, de Julio Cortázar y La hija de Kheops, de Alberto Laiseca. Gracias al colegio descubrí a Gustavo Adolfo Becquer y algunos poemas de Cortázar que despertaron mi interés en la poesía, ya sea tanto para leerla como para escribirla.  Años después, leer a autores argentinos contemporáneos como Fabián Casas, Cecilia Pavón o Joaquín Giannuzzi, me permitió encontrar mi propia voz.

¿Por qué decidiste que libro de poesía se llamara Lo que uso y no recomiendo?
Cuando el libro empezó a tomar forma en mi cabeza, surgió el poema que tiene el mismo nombre y sentí que englobaba bastante bien al conjunto de textos. Me gusta, en general, jugar con las frases hechas que usamos a diario y en esos días escuché y leí a muchas personas decir “uso y recomiendo” tal cosa. Me pareció interesante retomar ese dicho típico del mundo publicitario para pensar en la contradicción constante de no recomendar  a otras personas lo que nosotros mismos utilizamos o hacemos.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál es el que destacan los lectores?
No sé si tengo un poema preferido, aunque creo que “Olor a sol” puede llegar a serlo, tanto por el resultado final, la temática que tiene y porque me permitió formar parte de la Bienal Arte Joven Buenos Aires 2017. Por otro lado, recibí buenos comentarios y devoluciones de varios poemas, es bastante variado eso, pero puedo nombrar a “El turno vence en quince minutos” o “Verte hacer tus cosas” como algunos de los que más reacciones positivas generaron.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Lo cotidiano es lo que más me llama la atención, porque ahí adentro hay mucho para rescatar si se afina la mirada: desde la imparcialidad de los objetos a lo confuso de los sentimientos. Ver a la rutina desde otro ángulo siempre me parece interesante, da lugar a la epifanía. No me parece que cotidianeidad e intensidad sean opuestos.

¿De qué tema todavía no escribiste ninguna poesía pero te gustaría hacerlo?
No creo que sea una buena idea tener un plan demasiado armado sobre lo que a uno le gustaría escribir, porque puede llevar a la frustración o a poemas forzados. En una entrevista, Carlos Chernov me dijo que uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede. Eso no quiere decir que no haya que trabajar, editar y pulir la escritura, pero si se tiene una idea demasiado preconcebida desde el principio, el resultado puede ser una mala copia del ideal.

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías? 
Es difícil hacer listas sin dejar gente valiosa afuera. Además de los que nombré (Casas, Pavón y Giannuzzi), se me vienen a la cabeza Circe Maia, Ben Lerner, Mary Oliver, Juana Bignozzi, Juan Manuel Inchauspe, Vicente Luy, Mario Arteca, Gabriela Luzzi, los primeros poemas de Jacobo Fijman. De mis más o menos contemporáneos: Gabriela Clara Pignataro, Mariela Gouiric, Fernando Bogado, Malén Denis y Natalia Leiderman, entre otros, me parecen muy interesantes, cada uno con sus particularidades.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Del ambiente literario no habría que esperar nada más que profesionalismo por parte de las editoriales, distribuidoras, periodistas culturales, etc.  Escribir con el ambiente literario como objetivo no me parece una buena idea, porque vas a ser escrito por los demás en realidad. Ahí vuelvo a lo mismo: uno no escribe realmente lo que quiere, sino lo que puede. Sí tengo objetivos personales: seguir leyendo todo lo que pueda y que eso, de alguna manera u otra, repercuta en mi propia escritura y la enriquezca. Ya lo decía Charly García: alguien que le roba a una persona es un ladrón, pero el que le roba a todos es un genio.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Modesto Rimba
Se dio un poco de manera casual, en una charla durante una presentación de un libro de la editorial. Mauro Lo Coco me preguntó si estaba escribiendo algo nuevo y poco a poco se fue armando el proyecto. Por suerte él ya había leído libros míos anteriores y siempre recibí comentarios positivos de su parte.

¿Cómo nace tu trabajo de director de la sección de Letras de la revista digital La Primera Piedra?
La Primera Piedra nace como un proyecto de estudiantes de la carrera de Ciencias de la Comunicación: a falta de espacios donde escribir y ejercer nuestra profesión, decidimos crear el propio. Hoy, con la mayoría ya graduados, tenemos como objetivo fortalecer un medio profesional que nazca de la independencia y la autogestión, que son dos términos que se suelen usar de manera liviana muchas veces. Ser un medio sin recursos no te hace ni independiente ni autogestivo, simplemente te convierte en un medio pobre, como lo somos todos. Tu forma de trabajar es lo que define realmente la independencia y la autogestión. Mi rol en la sección de Letras nació un poco con la misma mirada: ver la falta de espacios dedicados a la literatura de manera profesional, más allá del voluntarismo o de las buenas intenciones. Además, en La Primera Piedra consideramos a la literatura u otras disciplinas vinculadas a la cultura con la misma relevancia que otros temas de actualidad e interés general.

¿En qué otro proyecto estás trabajando actualmente?
Dentro de poco van a salir reeditados mis dos primeros libros –Obsolescencia programada (Eloísa cartonera, 2015) y Tendido eléctrico (Objeto editorial, 2016)– reunidos en uno solo por la editorial El ojo del mármol. Es algo que me pone muy contento, porque ambos fueron libros de producción artesanal y difíciles de conseguir pasado el tiempo, por lo que ahora van a poder llegar a más personas. Además, estoy puliendo Personas que lloran en sus cumpleaños para su posible publicación en 2019  en una editorial que admiro mucho. También estoy trabajando en un libro de entrevistas a poetas mujeres.




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Juan José Burzi: “Es, tal vez, el libro más variado de los que publiqué”






El escritor Juan José Burzi publicó el libro de cuentos Shibari a través de Evaristo Editorial y habló con Entre Vidas acerca de su atracción por la literatura japonesa que lo llevó a escribir una serie de relatos que ocurren en dicha cultura. Además, contó que está empezando a investigar para su próximo libro que será sobre pintores y algunos escultores que le gustan mucho.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Creo que no tengo rituales permanentes, quizá manías que voy variando. Para escribir los últimos cuentos de este libro, por ejemplo, usé una luz concentrada, una lámpara de mesa (apagaba la luz de la habitación), escribí todo a mano (como siempre) e invariablemente sonó de fondo la música de Joy Division.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo menos de lo que quisiera. Quizá por eso soy un tanto lento para terminar un libro. Digamos que cuando estoy escribiendo un cuento, trato de no alargar el tiempo, de que no se “enfríe”. Aunque luego, una vez escrito, para considerar si se publica o no puedo dejarlo “descansar” meses, o hasta años.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
Quien me leía cuando yo no sabía leer era mi padre. Si bien nunca me dijo: tenés que amar la literatura. Él tampoco era un intelectual ni nada de eso, era marroquinero, y su discurso era que estudiara y que aprendiera algún oficio además, que no fuera un inútil (en eso le fallé). Pero le gustaba leer, y tanto de su parte como de mi madre, jamás me dijeron que no cuando quería una revista o cuando más adelante quería comprar libros. Y con los dos compartía lo que leía luego. Entonces, me parece que los dos, a su manera, aportaron a esto.

¿Por qué decidiste que tu libro de cuentos se llamara Shibari?
Me gusta la palabra, como suena. Me gusta el cuento que se llama Shibari, y me parecía una forma de rendirle un homenaje más bien abierto a mi amor por la literatura japonesa.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en el libro?
Es, tal vez, el libro más variado de los que publiqué: hay tres cuentos que fueron publicados en antologías anteriormente, y no quería que quedaran perdidos por ahí. A veces hasta yo me olvido de lo que publico en antologías. Después hay un cuento que escribí hace más de diez años (Severo), y nunca me convenció el final… releyéndolo, me di cuenta de que no era el final lo que fallaba, sino el núcleo del relato. Retoqué eso y me pareció que estaba para ser publicado ya. Mientras escribía el cuento Shibari, me di cuenta de que estaba contando el antecedente de un personaje que aparecía en un cuento publicado en 2012, en el libro “Sueños del hombre elefante”. Entonces decidí sumar a este libro ese cuento (El trabajo del fuego), para que el lector pudiera tener a mano el antes y el después de Misako, la joven japonesa que es parte de ellos. Hay un cuento (El bosque) que supuestamente trata de dos brujas y del amante de una de ellas, pero en realidad lo escribí pensando en la literatura gótica y en la técnica de los pintores impresionistas, que me parecen muy interesantes. Salió eso.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Mi cuento preferido del libro, Nuevo tratado de maniquíes, me lo inspiró la relectura de la obra de Bruno Schulz y descubrir en un museo la obra “La poupée” de Hans Bellmer. Y ahí empezaron a aparecer otros elementos y artistas: los surrealistas, Tadeuz Kantor, los autómatas del siglo XV, el jugador de ajedrez del que escribió Poe, el andrógino que protagoniza el cuento y su obra artística, inventados por mí. No sé en qué medida es un cuento Nuevo tratado de maniquíes, sé que me gusta y espero que al que lo lea le guste también. Quizá más que un cuento sea un cúmulo de fragmentos de historias y de impresiones. Como suele ocurrir, no es el relato que más me han destacado quienes leyeron el libro. Pocas veces coincide mi propio gusto con el de los que me leen. Algunos destacan Shibari, que trata de un grupo de gente que se reúne a practicar y a aprender esta técnica de sogas japonesa. Otros destacaron El bosque, o Alpiel, que trata, en uno de sus argumentos, de un demonio sexual que visita a una joven por las noches.

¿Qué te atrae tanto de la cultura japonesa?
Más que la “cultura japonesa”, digamos que me atraen los escritores del siglo XX japoneses, y en todo caso, lo que hace a su cultura en sus escritos. Pero no ando usando kimonos, ni me disfrazo de Geisha, ni parodio la ceremonia del té y esas cosas que a los occidentales los deja un poco en ridículo cuando hacen. Me atrae Junichiro Tanizaki, Yukio Mishima, Akiyuki Nosaka, Kenzaburo Oé, Ryunosuke Akutagawa, Ryu Murakami, Edogawa Rampo, y la lista se puede extender mucho más. ¿Por qué me gustan? Por las temáticas, por la forma de abordar la muerte, el sexo, el amor. De Tanizaki aprendí más que de Cortázar, por suerte.

¿Cuál fue el proceso de investigación que realizaste para describir con tanta precisión temas tan complejos o poco comunes en nuestro país?
No creo en Dios pero creo en Google. Me pasé horas buscando información por la web, y también fui a bibliotecas.

¿Cómo surgieron nombres tan particulares como los de Nigel, Fukai Kane o Misako, personajes de del cuento que le da el nombre al libro?
Nigel no tengo idea de por qué se me ocurrió, pero me pareció buen seudónimo para ese personaje (En el cuento Shibari todos utilizan un seudónimo). Fukai Kane existió, como lo relato en el cuento: era una delincuente japonesa que fue torturada por medio de la técnica de las sogas, y en vez de sufrir dolor, gozaba. Me pareció que era un buen nombre para que lo adoptara como sinónimo un personaje. Y Misako es un nombre japonés bastante común, que me gusta.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
Probablemente de lo que se nutren todos: la vida, la muerte, el sexo, el deseo… y para no aburrir siempre con lo mismo, le agregamos argumentos y tramas.

¿Qué libros o autores recomendarías?
Los japoneses que nombré en una respuesta anterior. Siempre William Faulkner, Onetti, Pierre Michon, Céline, Poe, Baudelaire, Petrus Borel, Pavese, Dostoievski, Cormac McCarthy, Joseph Roth, William Goyen, Ismaíl Kadaré, Bohumil Hrabal, Kafka y muchos más. Se consiguen en librerías de usados y saldos. No hay excusas para no leerlos.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con Evaristo Editorial?
Uno de los editores me consultó si tenía material para enviarles, así lo evaluaban. Y dio la casualidad de que sí, tenía el libro casi terminado. Me alegra estar en el catálogo de Evaristo, cuenta con autores y títulos muy buenos, es importante estar bien rodeado, te enaltece como autor.

¿Cuál fue tu experiencia con la feria del libro de este año?
Shibari estuvo listo justo para la Feria. Tengo entendido que se vendió muy bien, estuve concurriendo varios días a la Feria, más de lo que lo hubiera hecho sin libro editado. Hice más sociales de lo que haría sin libro nuevo. Cuando se edita un libro, tengo que salir del ostracismo y decir: “Hola, acá estoy”.  Tampoco es tan terrible.

¿Qué cambios notás en vos entre el escritor que publicó los libros anteriores y el que acaba de publicar Shibari?
Noto que me interesan cada vez menos las formas, las estructuras, los finales, y esas cuestiones un tanto técnicas que se dice por ahí que debe contemplar el género cuento. Digo que escribo cuentos, pero hay algunas cosas, como el Nuevo tratado de maniquíes o El bosque, que no sé si es cuento, que me parece es un híbrido. También me parece que tiendo a escribir menos y más corto, que en cuanto menos palabras puedo decir algo, mejor. Si lo puedo decir en un fragmento de 5 líneas, ¿para qué rellenar una carilla?

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy preparando (leyendo y tomando notas), pero no escribiendo, un libro sobre pintores y algunos escultores que me gustan y admiro. Apunto a que sea un libro de ensayos/crónicas breves. No sé cuándo lo empezaré a escribir, no sé cuándo lo voy a terminar, y mucho menos sé quién lo va a querer publicar. Pero así es esto, más que el “día a día”, vivimos el “nunca a nunca”.



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Cecilia Szperling: “Son las impresiones sensibles, las que me formaron como soy y que aún perduran en mí”





PH Lucía Vassallo

La escritora Cecilia Szperling habló con Entre Vidas acerca de su libro La máquina de proyectar sueños publicado por Interzona y adelantó que está trabajando en la continuación de la novela mientras disfruta como nunca de la escritura.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Cargar mi cerebro.  Llegar a la mesa con la mente muy llena.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo cuando tengo temporadas largas en las que cuento con mucho tiempo. Enero es la cima de mi escritura. Si no, unas 3 horas por día. A la noche tarde, a la madrugada, a la siesta. Todo muy caótico. Sin orden.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
La biblioteca de mi casa familiar. Pero me gustó primero escribir y luego leer. Mi emoción más alta fue cuando la maestra de primer grado me dio un cartoncito celeste en que había escrito con una letra cursiva hermosa Cecilia Szperling. Copié mi nombre y me sentí literalmente más alta. Entre levitar y Alicia en el país cuando se vuelve inmensa.

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara La máquina de proyectar sueños?
Doble motivo. Es una novela a la que llamé fabula autobiográfica. Pertenece al orden de lo real haber entrado a la pieza de mis papás y ver un proyector encendido, pero a la realidad de mi imaginación o sueños o deseos. Tal vez tenía fiebre, tal vez lo soñé o tal vez ellos alquilaron un proyector esa noche y se durmieron con el haz de luz sobre sus cabezas. Cuando lo vi, yo me dije La máquina de proyectar sueños? Porqué les envían sueños placenteros a mis hermanas y a mí pesadillas, sueños que no son para una niña de mi edad?

¿Por qué debajo del título dice Fábula autobiográfica?
Es la vida mítica de la infancia. No los hechos puros y duros. Son las impresiones sensibles, las que me formaron como soy y que  aún perduran en mí, de la exacta misma manera. Es fábula fabulosa, la historia onírica y esa materia fundante de la que estoy hecha.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
Deambular sola por los pasillos en la casa a la noche. Y un estallido de luz, como un relámpago, que nos pasó una vez con mi padre operando un juego de química. No sé qué azufre combustionó y yo tenía una camisón de plush. Podría haber sido una nena en llamas, incendiada. Pero mi padre lo dominó y solo quedó el testimonio de esa llamada como una marca negra en el camisón rosa. Nos miramos con ojos brillantes y victoriosos y luego me subió en sus brazos hasta la habitación que compartía con mis hermanas. Ellas dormían. Como ocurría siempre, ellas durmiendo y yo desvelada.

¿Cómo fue el proceso de escritura para que la voz narradora sea la de una niña?
Reviví todo como si me pasase en ese momento. Estaba todo intacto. Inscripto en mi con esas palabras y de esa manera.

¿Cómo surge la idea escribir capítulos cortos?
Me propuse una imagen y una situación a la vez. La vida tiene tantos planos y tantas cosas suceden al mismo tiempo. Para esta novela sabía que solo podía contar una imagen pregnante por vez. De otro modo, la intensidad, se vería licuada, diluida.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
De la poesía. De Juana de Ibarbourou, de Silvina Ocampo, de Gabriela Mistral.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
Las aventuras de la china iron, de Gabriela Cabezón Cámara.
Black Out, de María Moreno.
Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enrriquez
Matata amor, de Ariana Harwicz
La casa de los conejos, de Laura Alcoba
Él cuerpo que habito, de Guadalupe Nettel.
Todos geniales.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con Interzona Editora? 
Me encanta el catálogo, y los libros bellos. Flavia Da Rin había hecho un par de fotos para la novela antes de que exista. Y necesitaba una editorial que pudiera poner en tapa esa obra de Flavia. Se lo di a Guido Indij. Lo leyó su genia mujer Constanza Brunet. A la semana me citó y me dijo Sale!! Y resultó un objeto tan bello!!!

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
En la continuación. Las hermanas tienen 12, 15 y 18 años. Estoy entregada con una intensidad tan brutal!!! estoy disfrutando la escritura como nunca.



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sábado, 12 de mayo de 2018

Yair Magrino: “Es una novela de iniciación y es un intento de retrato generacional”





El escritor Yair Magrino habló con Entre Vidas de su novela Wonderboy publicada por la editorial Alto Pogo y de su flamante sello Sorojchi Editores con el que estará publicando autores latinoamericanos. Además, el autor señaló que le interesa mucho entrever las relaciones de la Historia y la Política como principales moderadores del accionar humano.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No soy muy de rituales. Creo que por el modo intempestivo en el que me pongo a escribir. Es casi una necesidad, como una explosión. El mate no me falta si escribo de día. No tengo el cliché del vino ni del whisky. Puedo hacerlo con música o en silencio. Con ropa, sin ropa, con calor o con frío. Para mí es un momento de abstracción de la realidad. No tengo hambre, no tengo sed, no tengo nada más que la urgencia de poder crear un pequeño universo.

¿Con qué frecuencia escribís?
Mis momentos de escritura son bastante discontinuos. Nunca pude ser muy disciplinado con eso. Wonderboy la escribí en tres meses. Con la continuación (“Bajo Flores”) estuve seis meses para escribir un par de capítulos, luego la dejé por seis meses y en 15 días escribí la otra mitad que faltaba. Hace poco me ocurrió algo similar con la precuela de Wonderboy (“Adoración de los Manes”). Estuve once meses para escribir cien páginas y en tres meses escribí las doscientas páginas que me faltaban.  Mi escritura se parece bastante a una catarsis. De todos modos, en los momentos en los que no escribo siempre estoy pensando escenas, diferentes variantes para la trama, hago anotaciones en una línea de tiempo, tacho mentalmente, repienso, borro. Eso me ayuda a la hora de sentarme a escribir porque casi todo ya está definido.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
En mi casa nunca hubo un gran amor por la literatura. Gran parte de la biblioteca familiar estaba comprendida por libros de pintores y unos pocos libros de Historia. Y muchos adornos para completar los espacios vacíos. De chico me obsesioné con una enciclopedia infantil de Snoopy. La leía todas las noches, prácticamente me la sabía de memoria. Después aparecieron los cuentos de Elsa Bornemann y Mafalda. De ahí pasé a Bradbury, al Quijote, me fascinaban las distopías. Y sobre todo leía muchas novelas de espías, guerrilleros de ETA o del IRA que perdían siempre en sus intentos de revolución. 

¿Por qué decidiste que tu novela se llamara Wonderboy?
Wonderboy es el nombre de un videojuego que fue muy famoso en los 80s y 90s. El título es un guiño. Es una novela de iniciación y es un intento de retrato generacional. Esas generaciones fueron las primeras en acceder a los videojuegos masivamente. El personaje, de un modo bastante cobarde e infantil, reconfigura la realidad para pensarse dentro de un videojuego. Porque allí no hay consecuencias. Cuando se pierde, se pone una ficha más y se vuelve a comenzar. Sin embargo, toda esa ficción que lo protege se rompe y el personaje debe hacerse cargo de su propia aventura. Está muy presente el 2001, es el contexto que da origen a la aventura. Adriana Santa Cruz dijo que Wonderboy es una alegoría de una época contradictoria. Me gusta pensarla así.

¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia?
Tengo muy claro el día que decidí escribir esa historia. Yo vivía en Barcelona y había ido con mis amigos a una casa okupada en medio de la montaña. Veía toda una comunidad viviendo al margen de la Barcelona que yo vivía y me parecía alucinante. Y al mismo tiempo me reconocí sin el valor necesario para poder llevar a cabo ese estilo de vida. Mis amigos y yo, ya veníamos frecuentando un círculo de actividades anarquistas o que estaban en los márgenes sociales. Había mucha libertad, muchos excesos y mucha gente talentosa. Ese fue el germen. De vuelta en Buenos Aires tardé uno o dos años en encontrar la justificación para escribir la novela. Se dio un poco naturalmente. Comencé con un cuento. Lo dejé. Comencé otro cuento. También lo dejé. Un día se me ocurrió juntarlos y sin darme cuenta tenía todo el universo de Saporitti /Wonderboy. Cuando estuvo eso, el resto salió bastante rápido.

¿Qué tenés de la protagonista Saporitti?
Creo que nada. O puede que todo. Esa primera persona en la que está narrada la novela me permitía jugar con esos bordes. ¿Qué de todo eso es verdad o mentira? Me han preguntado muchas veces qué partes tenían un correlato con la realidad. Los únicos que lo saben son esos amigos que estuvieron conmigo en la casa okupada en la montaña, a quienes les dedico la novela. Me interesa mucho la literatura del yo, no tanto la del ego. No recuerdo se fue Abelardo Castillo u Onetti quien dijo que escribir es recordar mal. Siempre me pareció una excelente definición.

¿Cómo te llegó la posibilidad de publicar el libro con la editorial Alto Pogo
Un poco el culpable fue Juan Guinot. Le pasé la novela, la leyó y nos juntamos una noche a conversar. Después vinieron dos meses de nuevas correcciones (siguiendo algunas de las recomendaciones de Guinot) y finalmente la acerqué a Alto Pogo. Los tiempos de la literatura (y de las editoriales independientes) son bastante tiranos y quedó un poco relegada. Pasó el tiempo. La novela ganó un premio del Fondo Metropolitano al otro año y con ese aval volví a la carga.

¿De qué temas se nutre tu escritura? 
Los temas son casi siempre los mismos. Me interesa mucho entrever las relaciones de la Historia y la Política como principales moderadores del accionar humano. Somos hijos de la época en que nos toca vivir. Y eso nos enfoca de determinada manera para luchar por ciertos objetivos. O perderlos. Para la generación de mi abuela, por ejemplo, el acceso a la educación para sus hijos era prioridad. Era algo de lo que se hablaba en la panadería o en los cumpleaños. Para la generación de mis padres, que fueron jóvenes en los 70s, de lo que hablaban en las panaderías y en los cumpleaños era de democracia. Y mi generación vio como la democracia mandaba a la bancarrota a todo un país, se robaron ahorros, estafaron jubilados, se demolió la educación y la ciencia. Para las generaciones más jóvenes las luchas pasan por otro tipo de libertad. Están más relacionadas con la diversidad sexual, con la posibilidad de dejar atrás cierto binomio en desuso. Y sobre todo el crecimiento de los movimientos feministas, lo cual celebro. Van detrás de un objetivo igualitario que me parece necesario. Creo que nunca hay que perder de vista cuestiones de clase, de derechos de los trabajadores, de redistribución de riquezas, de programas estatales en cuanto a educación y a inversión en ciencia. Estas cuestiones están siempre presentes a la hora de escribir.

¿Qué libros o autores recomendarías? 
No descubro nada: Saer. Me parece el gran novelista argentino. Y Di Benedetto. De ellos recomiendo cualquiera de sus novelas. De los contemporáneos, me parece que Aníbal Jarkowski es alguien que debería ser leído por todos. De él recomiendo “Rojo Amor”. Y Gustavo Ferreyra me parece un escritor bestial. Las novelas “El Director”, “Piquito de Oro” y “Vértice” me parecen tres maravillas de la literatura argentina de los últimos años. Fabián Casas me gusta mucho. Alan Pauls también. Tengo un amor casi irracional por Silvina Ocampo: en los colegios debería incluirse como bibliografía obligatoria “Autobiografía de Irene”. Inés Garland es de las mejores cuentistas de la actualidad. Y ahora estoy esperando que salga el nuevo libro de cuentos de Clara Anich. Espero que sea pronto. Soy bastante fanático de W. G. Sebald. Escribió “Los Anillos de Saturno” y “Los emigrados”, entre otros.  Emanuelle Carrere es otro escritor que me gusta muchísimo. Y Philip Roth nos sigue enseñando como escribir. Todo lo que leo de él es un manual sobre cómo hacerlo bien. Tiene un manejo estético muy interesante, y sobre todo, claridad y originalidad en cuanto a estructuras narrativas. Gustavo Espinosa, de Uruguay, me parece otro talento importantísimo.

¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Creo que ninguno en particular. Me pierdo en la acción de todos los días. Tengo dos editoriales (Clubcinco y Sorojchi), soy parte de Grupo Alejandría (somos un colectivo de autores que nos dedicamos a la gestión cultural y la promoción de la lectura). Mantener esas actividades ya es un triunfo. Me hace muy feliz hacer lo que hago. Disfruto mucho. Tal vez sería momento de plantear un norte más claro, salir un poco de las trincheras. De todos modos, me gusta el barro, así que puede que me quede un rato más haciendo todo eso.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Están más relacionados con lo editorial. Acabo de lanzar el sello Sorojchi Editores, con el que estaré publicando autores latinoamericanos. Y el proyecto editorial de Clubcinco Editores me parece hermoso: el rescate y reedición de obras maravillosas que han sido descatalogadas. En cuanto a lo literario, con una lentitud exasperante, estoy trabajando en una novela sobre surf. En realidad, el surf es una excusa para poder escribir sobre el imperialismo cultural. Con el Grupo Alejandría (junto con Clara Anich y Jimena Ruth Rodriguez) estamos llevando a cabo un proyecto hermoso que se llama Mapa Literario con el que llevamos el ciclo al interior, o bien, estamos trayendo escritores del interior y del exterior a Buenos Aires. Grupo Alejandría es eso: tender puentes entre escritores y lectores. Ahora estamos haciendo esos puentes más largos. Y estamos muy felices de poder hacerlo.



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