martes, 20 de junio de 2017

Néstor Darío Figueiras: “Los cuentos de “Capricho #43 juegan con la ciencia ficción, parodian el terror y chapotean en el fantástico”




El escritor Néstor Darío Figueiras publicó el libro de cuentos Capricho #43 a través de la editorial Peces de Ciudad y ya agotó la primera edición. El autor habló con Entre vidas acerca de sus comienzos en la escritura, de la reciente publicación y de los proyectos en los que está trabajando entre los que se encuentra una novela corta que se publicará el año que viene por Ayarmanot.



Sos escritor, músico, productor musical. ¿Con qué profesión te quedarías?
Qué difícil contestar… Si sólo tuviera en cuenta el aspecto financiero, hoy me quedaría con mi labor de músico, porque me reporta más ingresos que la literatura (aunque no muchos más). Por otro lado, ahora que lo pienso, no sé si me considero ‘escritor’ en el sentido de ser un profesional de la escritura. Como que todavía me cuesta creerlo, a pesar de contar con dos libros en mi haber, varias publicaciones más o menos importantes —aquí y en el exterior—, y algún que otro premio. Sí está muy claro para mí que cualquier profesión a la que me dedique hoy debe ser fundamentalmente de tipo creativo. Fui cadete, data entry, pinturero y oficinista, y siempre sentí que algo no estaba bien. Es una gran decisión dedicarse a lo que uno ama, pero no sólo como un hobby, sino con el objetivo de poder vivir de ello. Y cada día me convenzo más de que en esa decisión el azar tiene muy poco que ver, que la determinación es lo más importante.

¿Qué fue lo primero que escribiste?
Un cuentito de ciencia ficción llamado “Organicasa”, a los dieciséis, para la categoría Alumnos de Escuela Secundaria de la edición de 1991 del Premio “Más allá”, una distinción que otorgaba el CACyF (Círculo Argentino de Ciencia-ficción y Fantasía). Mi profesora de Lengua y Literatura, Ana Pérez del Cerro, me convenció de participar (y siempre le estaré agradecida por éste y otros estímulos). Bioy Casares fue el presidente del jurado. No fui a la ceremonia de premiación —celebrada durante la ConSur 1, uno de los primeros intentos serios de hacer una convención del fandom— porque estaba seguro de que no iba a quedar seleccionado. Ni hablemos de pensar en ganar… (Entonces los participantes de cualquier certamen se enteraban de la suerte de su cuento en la misma ceremonia). Al final, “Organicasa” ganó una segunda mención y me perdí la oportunidad de estrechar la mano de Bioy al recibir el diploma… Pero ya lo superé, jajaja. Ese pergamino, ahora medio amarillento, es uno de los reconocimientos que más valoro.

¿Cuándo sentiste que lo que escribías era publicable?
Buena pregunta, porque suele suceder que cuando el escritor lo siente no coincide con el momento en que lo publican. Yo sentí que lo que hacía era publicable después de que se vinieran mostrando mis textos en diferentes revistas y antologías virtuales (y en algunas publicaciones en papel). Esa convicción de que estaba escribiendo algo que era digno de ser leído terminó de emerger con “Una nota que garpe”, el cuento que cierra la antología “Buenos Aires Próxima”, de Ediciones Ayarmanot (criatura de Laura Ponce). De ese relato estoy verdaderamente orgulloso. Hoy lo releo y siento que pasa la prueba del tiempo (tal vez la más difícil). Ahora puedo ver aquello que Laura —una gran profesional, de esos editores que tienen ojo clínico— me marcaba cuando lo estaba escribiendo. Ella entrevió el potencial del texto antes de que estuviera terminado. Esto no quiere decir que reniego de todos mis textos previos a esa antología, para nada (aunque a veces peco de autoexigente). Hay cuentos anteriores que me gustan —y gustan— mucho, como “Reunión de consorcio” y “Misión diplomática”. Pero creo que a partir de “Una nota que garpe” me afirmé en cuestiones de temática y estilo, y encontré mi voz.

¿Quién te inculcó tu amor por el género fantástico y la ciencia ficción?
Muchas personas, pero mencionaré algunas que fueron decisivas. Para empezar, María Elena, una maestra del primario que me inició en algunas lecturas fundacionales: Julio Verne (“Viaje al centro de la tierra” y “20.000 leguas de viaje submarino”) y la maravillosa serie “Los conquistadores de lo imposible”, del belga Philippe Ebly. Luego, en el secundario, la ya mencionada profesora Pérez del Cerro fue una gran impulsora de mi incursión en estos géneros. Te doy un ejemplo: en quinto año, decidió leernos “La intersección de Einstein”, un clásico de la CF de la New Wave, de Samuel Delany. Se tomaba 20 minutos cada clase para leernos la novela en voz alta. Lo genial del experimento era que ella nunca había leído el libro. Lo estaba descubriendo al mismo tiempo que nosotros. Huelga decir que sólo dos o tres alumnos estábamos interesados en lo que leía. Para colmo esa novela de Delany es experimental, no aconsejable para abordar el género. Pero igual me enganchó. Esta profe querida me prestó uno a uno todos sus números de El Péndulo —la emblemática revista argentina de la ciencia ficción—, los cuáles fueron una gran puerta para adentrarme en lo último de la ciencia ficción, el fantástico y la ficción especulativa de entonces, tanto en traducciones como en la producción local y latinoamericana. Por supuesto, en esta lista de personas también están mis viejos. Mi papá fue un gran lector de historietas —“Afanancio”, “Las andanzas de Patoruzú”, las revistas de Editorial Columba, por nombrar algunas—. Digo “fue” porque ahora está ciego. Él apenas pudo terminar el secundario. Mi mamá es oriunda de La Rioja, nacida en un hogar completamente disfuncional (mis abuelos maternos eran alcohólicos y muy violentos, y mi tío pasó gran parte de su vida en cana). Ella tuvo que trabajar desde los cinco o seis años, vendiendo empanadas en la estación de trenes de Chepes. Durante su adolescencia se desempeñó en un taller de fabricación de zapatos. En algún momento se escapó de su casa siguiendo a la dueña del taller, quien había decidido mudarse a Rosario. Con gran esfuerzo, mi vieja terminó la primaria en la escuela nocturna. Más tarde, ya en Buenos Aires, conoció a mi viejo y se casaron. Cuando yo nací en casa había una biblioteca de más de quinientos libros, porque ambos habían decidido que sus hijos no sufrirían las mismas carencias que ellos. Mi vieja se había asociado al Club de Lectores y todos los meses compraba muchos libros, de forma indiscriminada. Imaginate: desde la Biblia hasta Los Trópicos de Miller, pasando por los melodramas de Guy des Cars, novelas de escritores rusos (abiertamente comunistas, algunas de ellas), Borges, Alfonsina Storni, René Barjavel... ¡De todo! A los doce (cuando ya estábamos en democracia y no era peligroso tener una biblioteca tan nutrida), mi viejo empezó a comprarme los títulos de la colección de ciencia ficción de Hyspamérica. Y cuando cumplí dieciséis mi mamá me regaló “Crónicas marcianas”, de Bradbury. Definitivamente, tengo la enorme fortuna —aunque prefiero usar el término ‘bendición’— de haber nacido en un hogar en el que sobraron los estímulos para que pudiera desarrollar mi pasión por las letras. A veces escucho que no se puede dar lo que no se tiene. Pero no termino de creerlo: cuando hay interés, cuando hay amor (al decir de Theodore Sturgeon), se puede dar hasta lo que no se tuvo. De algún lado se termina sacando.

¿Cómo fue el proceso de selección de los relatos que aparecen en tu libro Capricho #43?
Los treinta y seis cuentos breves y microficciones que forman Capricho #43 son textos escritos a lo largo de una década, más o menos, para distintos sitios web y publicaciones virtuales. Una vez que definí el concepto del libro —una idea que pudiera englobarlos a todos—, la selección se dio en forma natural.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre al libro?
Bueno, ahí viene eso de definir el concepto integrador. Lo explico en la introducción. Resulta que un amigo de mi primer trabajo me prestó un libro de su hermano, un estudio de los Caprichos de Goya. La cuestión es que ni llegué a hojearlo porque lo perdí a los pocos días. Busqué por todos lados, si resultado. Unas dos semanas después me preguntó cómo iba con la lectura: le mentí, obviamente. La cosa es que luego de un mes el libraco apareció en la biblioteca de mi casa, como por arte de magia (y eso que había dado vuelta la biblioteca buscándolo). Al día siguiente, sin dudar, se lo devolví a mi amigo y le conté la verdad. Ni se inmutó. Me dijo que no me preocupara, que ése era “un libro andariego, lleno de monstruos, y que cada dos por tres le hace lo mismo a su hermano”. De esto hace más de veinticuatro años. Cuando buscaba ese concepto para darle identidad al libro, me acordé de esta anécdota y me pareció genial incluirla como texto introductorio. El grabado n° 43 de los Caprichos se llama “El sueño de la razón produce monstruos” (casi una máxima para el surrealismo, que surgiría unos 120 años después de la publicación de este trabajo de Goya). Así que el título me pareció adecuado, no sólo porque tengo cuarenta y tres años, sino principalmente porque en los treinta y seis cuentos de Capricho #43 hay monstruos, de los clásicos —vampiros, zombis, licántropos—, pero también de otros tipos, monstruos más terribles, por ser cotidianos e invisibles: religiones y deidades, políticos y gobiernos corruptos, tecnologías mal empleadas… Incluso el tiempo y el destino pueden ser monstruosos. Capricho #43 tiene un poco de todo eso.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
Mi escritura siempre ronda en torno de la ciencia ficción, aunque yo digo que los cuentos de “Capricho #43” juegan con la ciencia ficción, parodian el terror y chapotean en el fantástico. La ironía es el tono más frecuente. De entrada puede parecer que estos textos se jactan de una levedad que mi primer libro —“El cerrojo del mundo está en Butteler”— no tiene. En éste casi no me meto con la ciencia ficción dura, ni empleo las atmósferas medio surrealistas u oníricas del anterior. Pero pienso que a pesar de esto igualmente tiene planteos profundos, enmascarados por el humor y la parodia. Incluso hago varios ‘homenajes’ a escritores que me gustan mucho, como Philip K. Dick, Isaac Asimov, Stephen King, Frank Herbert y Úrsula K. Le Guin.

¿Cuál es tu relato preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Mis preferidos son “Želva”, “Reeducación”, “Ahora no tiene gracia”, “Los besos son un recurso natural renovable”… Y algunos más, seguro. Pero por ahí anda la cosa. Algunos lectores me han comentado su predilección por “Abuso de los FX en el cine extranjero”, “Reeducación”, “Alegato”, “Reality” y “The end”.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con la editorial Peces de Ciudad?
El gran escritor y amigo Hernán Domínguez Nimo me recomendó el emprendimiento de Mariana Kruk y Sole Blanco. Puedo decir que es un gustazo trabajar con ellas: le ponen garra y corazón a la edición, laburan sin parar y editan unos libros hermosos por dónde los mire, tanto en la elegancia del objeto en sí como en la calidad de los textos. Peces de Ciudad es una editorial independiente más que recomendable, con una producción asombrosa y mucha energía.

¿Qué libros recomendarías?
Uh… Muchos. De lo último que he leído recomiendo “El mar aéreo”, del uruguayo Pablo Dobrinin, “Mondo Cane”, de Pablo Martínez Burkett, “Conversaciones con Pablo Capanna”, de Marcelo Acevedo y la novela “Verde”, de Ramiro Sanchiz (también oriundo de la vecina orilla). En cuanto a los escritores anglosajones —y del palo de la ciencia ficción—, recomendaría “Las islas del verano”, de Ian R. MacLeod y “Carbono alterado”, de Richard Morgan. En cuanto a la poesía moderna, me han gustado mucho los poemarios “Pequeño manual de anatomía masculina”, de Analía Pinto, y “Mal abrigada”, de Paola Soto, ambos publicados también por Peces de Ciudad. Y quisiera aprovechar la ocasión para sugerir la lectura de WhiteStar, una novedosa antología inspirada en la multifacética obra del músico y actor David Bowie, compilada por Cristina Jurado y publicada por Palabaristas en e-pub. Y no lo hago porque en ella haya un cuento mío, sino porque en verdad es un libro muy bueno, con excelentes textos de escritores españoles y latinoamericanos. Yo creo que es una obra disruptiva, por varias razones, aunque deberá pasar un tiempo para que sea ponderada. Laura Ponce, de Ediciones Ayarmanot, está haciendo las gestiones necesarias para que sea publicada por estos lares, en papel.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
En lo musical, empecé a componer inspirándome en la genial novela “La mano izquierda de la oscuridad”, de Le Guin, lo que será una especie de soundtrack del libro. En el terreno literario, sigo insistiendo con el libro que va a salir el año próximo por Ayarmanot, de novelas cortas, al mismo tiempo que empecé trabajar también en un cuento para una antología que, estimo, será muy importante. Y estoy avanzando con un proyecto que me tiene muy entusiasmado: un libro de poesías y cuentos breves en el que todos los textos serán ilustrados por el artista plástico Gastón Barticevic. En realidad tratamos de hacer dos libros en uno. Algo así como contar lo mismo desde dos perspectivas distintas: una en clave poética, casi un romancero épico y fantástico, y la otra en clave de ciencia ficción. Es un intento de mostrar ambos lados de una misma historia. Veremos cómo sale el experimento.



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domingo, 14 de mayo de 2017

Martín Sancia: “Creo que todo premio es injusto, así que no puedo más que agradecer que alguna vez una injusticia me favorezca”



PH Ale Meter

El escritor Martín Sancia obtuvo el prestigioso Primer Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2017 con su novela Todas las sombras son mías, otorgado por la editorial Sigmar. Además de dicho libro, acaba de publicar la novela Shunga con Evaristo Editorial. El autor habló con Entre vidas acerca de ambas novelas y de sus nuevos proyectos entre los que se destacan dos libros que podrían ser publicados antes de fin de año en Bolivia.


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Ningún ritual. Necesito, eso sí, que esté la televisión encendida. El silencio me juega en contra a la hora de pensar. Me aturde.

¿Con qué frecuencia escribís?
Escribo siempre que puedo, casi todos los días.

¿Quién te inculcó tu amor por la literatura?
El primero fue Alejandro Dolina. A los doce o trece años empecé a escuchar su programa de radio, Demasiado tarde para lágrimas, y al poco tiempo empecé a leer con voracidad. El segundo, Borges; durante un año solo leí sus libros (incluidas sus obras como antólogo). El tercero, Onetti. Lo admiré tanto, me volvió tan loco que quise ser alcohólico como él (pero fracasé).

¿Qué fue lo primero que escribiste?
Un cuento que se llamaba “Águeda”. Lo perdí. Ni siquiera llegué a pasarlo a la pc; quedó escrito a máquina un tiempo, hasta que desapareció.

¿Cuál fue la imagen disparadora de tu libro “Todas las sombras son mías”?
Una chica huele una flor y luego estornuda de un modo tan violento que su cara se desprende, sale volando, y la chica queda en carne viva. Así empezó la novela en mí.

¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela?
Fue un proceso enloquecido y roñoso. Porque, desde que escribí la primera frase ya no pude parar. Me pedí la semana en el laburo y le di casi sin respiro, todo el día, toda la noche. Como mi mujer viajó a Salto a visitar a su familia, ni siquiera perdí tiempo en bañarme. Cuando ella regresó, a los tres días, me encontró con la misma ropa que cuando se había ido, bajo una nube de moscas, entre mis tres gatos (los tengo muy cerca cuando escribo) pero feliz porque había terminado la novela.

¿Qué sentiste cuándo te notificaron que con la novela habías ganado el Primer Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2017?
Alegría y agradecimiento. Creo que todo premio es injusto, así que no puedo más que agradecer que alguna vez una injusticia me favorezca.

¿Cómo fue la experiencia de publicar nuevamente con la editorial Sigmar?
Trabajar con Silvia Portorrico y Lorena Sinso es para mí un placer. Le agradezco a Silvia que me haya ayudado a sacarme de encima algunos vicios propios de quien jamás fue a un taller. Me formé a tarascones, casi a ciegas, tropezando  mucho, por eso agradezco siempre sus consejos.

¿Cómo se dio tu llegada a la editorial?
En el 2014 mi novela “Los poseídos de Luna Picante” obtuvo el Segundo Puesto en el Concurso de la Editorial.

¿A qué le atribuís que tantos escritores estén volcándose a publicar literatura juvenil.
No sé, no tengo idea. Suele decirse que el autor infantil, a diferencia del autor para adultos, puede vivir de sus libros. No es mi caso ni, tampoco, el caso de los autores infantiles que conozco. Es arduo escribir para chicos, y aún más arduo llegar a publicar. En mi caso, escribir para chicos es una necesidad. Si escribiera solo para adultos me sentiría a medias.

¿Qué podés adelantar de tu nueva novela Shunga?
El punto de partida es el siguiente: Oriko, la esposa de Kotaro, muere. Él, que no puede llorar,  decide contratar a tres actrices, las hermanas Izumi, para que vivan en su casa y lloren sin descanso la muerte de su amada, turnándose para que puedan descansar. Mientras ellas lloren podrán vagar por toda la casa. Ninguna habitación les estará vedada. Serán, mientras estén llorando, las dueñas de la casa.  
Aclaro qué significa shunga. Los shunga (“imágenes de primavera”) son xilografías realizadas por artistas japoneses (menciono algunos: Kitagawa Utamaro, Suzuki Haronobu, Utagawa Kuniyoshi), estampas del mundo del placer en donde el sexo aparece representado de modo explícito.  El apogeo de los shunga tuvo lugar durante el período Edo (1603-1868).

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar con Evaristo Editorial?
Fue fortuita. El año pasado estuve leyendo un cuento en La noche de las librerías. Damián  Vives, que también participó del evento, me dijo que le había gustado mucho mi cuento y que le gustaría editar algo mío. A Damián lo conocía, lo había cruzado miles de veces, lo había escuchado en charlas, pero no me acercaba a hablarle porque me intimidaba. Tanto me intimidaba que no me animé a enviarle nada. Tres meses después, nos cruzamos no recuerdo dónde y  me preguntó: ¿Y? Le envié, entonces, Shunga, y al mes  nos sentamos a hablar. Me dijo que él y los otros integrantes de la editorial (Roxana Artal, Marco  Zanger y Rodrigo De Echeandía) querían  editarla y  que harían lo posible para que la novela saliera para la Feria del Libro del 2017 con tres tapas que contuvieran ilustraciones shunga originales, realizadas por  Japo Yamasato. Y así fue: la novela salió para la Feria y con tres tapas bellísimas, que no me canso de mirar. Japo Yamasato es realmente genial.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy con una novela juvenil y un libro de cuentos infantiles (con enigmas detectivescos) que posiblemente salgan editados  antes de fin de año en Bolivia. Los escribí hace muchos años, así que los estoy revisando.  Estoy muy contento con eso.




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Angie Pagnotta: “El libro se trata de la reconstrucción y la construcción de la memoria”



La escritora Angie Pagnotta, flamante creadora de la revista digital Kundra, publicó su primer libro de cuentos Memoria de lo posible con la editorial Peces de Ciudad. La autora contó que la idea del recuerdo conectado a algo que no pasó pero puede sentirse como si hubiera pasado le resultó interesante y eso fue uno de los motores del libro. Actualmente realiza un taller individual con el prestigioso escritor Pablo Ramos y está terminando de escribir su novela Nada que no quieras.


¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Casi podría decir que depende de lo que esté escribiendo: si son notas periodísticas no tengo demasiadas pretensiones más que un mate, creo que los distintos trabajos que tuve me dieron la tolerancia para poder escribir en medio del bullicio de una redacción concurrida. En cuanto a literatura ahí me pongo más específica y necesito la laptop, mi libreta violeta de anotaciones de escritura, el mate y cero conexión a las redes sociales. También necesito tener mi sistema de fichas para no perder el orden esencial de lo que estoy escribiendo, lo que equivale también a tener el corcho en la pared donde voy poniendo recortes, frases, fragmentos. Convierto mi ritual de escritura en un proceso artesanal en el que incluso escribo mucho a máquina de escribir. A veces, depende el ánimo, escribo con distintas playlist que me armé en Spotify.

¿Con qué frecuencia escribís?
A diario, no puedo vivir de otra forma.

Actualmente estás haciendo taller con el prestigioso escritor Pablo Ramos. ¿Cómo viene la experiencia de tomar clases con él?
Pablo Ramos es una de las personas más importantes en mi vida. Lo admiro, lo quiero y valoro muchísimo el trabajo que hace conmigo porque me despertó de varios prejuicios que tenía conmigo misma. Llegué a él por recomendación del editor y escritor Marcos Almada que —a raíz de la lectura del primer borrador de mi novela, Nada que no quieras— me dijo: “tenés que leer a Pablo Ramos”. Lo leí y La ley de la ferocidad me hizo un click, fue un antes y un después. Tanto fue así que investigando un poco llegué a su blog, a su mail y le escribí un correo contándole todo lo que me pasó al leerlo. En el mail también le consultaba sobre sus clases. Cuando me llegó la respuesta no lo podía creer. Charlamos y me tomó como alumna aparte, por fuera de sus talleres semanales. Sin duda voy a estar siempre agradecida a Marcos por esa sugerencia. Pasé por algunos talleres pero la experiencia que vivo con Pablo trasciende la palabra taller, se trata de un espacio donde la estructura y la desarticulación del tiempo que compartimos me lleva a explorar otros autores, otras formas de escritura, otros puntos de vista y un sinfín de variaciones que tienen que ver con lo literario, claro, pero que también tienen que ver con la vida y las emociones.

¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos que aparecen en tu libro Memoria de lo posible?
Memoria de lo posible nació gracias a Nada que no quieras. Durante la escritura me pasa que escribo en paralelo distintos fragmentos, frases o partes que aún no tienen forma y las voy guardando. Cuando estaba buscando un cuento para enviar a un concurso, noté que tenía muchos cuentos incompletos, por corregir o en proceso de escritura, es por eso que volví a esos fragmentos y los utilicé para completar ideas de relatos que tenía en algún proceso. Las imágenes de muchos de esos fragmentos me parecían tan fuertes que entendí que ya eran un cuento de por sí. Muchos otros nacieron de cero y, casi sin querer, al volver a revisarlos, noté que todos tenían una especie de hilo invisible que los conectaba.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre al libro?
Le puse así porque es el concepto que, para mí, conecta todos los cuentos, ya que el libro se trata de la reconstrucción y la construcción de la memoria, de cómo muchas veces transformamos un recuerdo y lo convertimos en una u otra cosa. Este libro son historias que pasaron y también historias que pudieron haber pasado en algún punto de la historia de los personajes. La idea del recuerdo conectado a algo que no pasó pero puede sentirse como si hubiera pasado me resulta interesante y ese es uno de los motores del libro.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
Son muchas las temáticas que me interesan para escribir, creo que las fundamentales rondan en torno al amor, la construcción de la identidad, las carencias y demandas de afecto, las adicciones, el engaño, la culpa y, entre otras cosas, el monólogo interior que le puede surgir a una persona a raíz de una noticia que lo desborde o lo inquiete.

¿Cuál es tu cuento preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Creo que el que más me gusta a mí es Versiones sobre el río, porque fue el primer cuento en el que encontré mi voz como escritora. Esto viene a raíz de que nunca sentí que mi escritura encajara del todo con la estructura de los cuentos, pero este relato fue el disparador que me hizo pensar que sí era posible. Algunos lectores me comentaron que Lo que hubiera querido ser, A la orilla del cielo y Atravesar el puente son sus favoritos. Muchos me dijeron que los elegían por identificación personal y otros por el aire poético que tienen y, por suerte, también son cuentos que me gustan a mí.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con la editorial Peces de Ciudad?
La posibilidad tuvo que ver con el tiempo anterior al proceso que comenté sobre la elección y escritura de los cuentos. Un día entro a Facebook y veo que Peces de Ciudad convocaba a autores inéditos a que lean algo de su material, para una fecha que hacían de Narrativa, en Espiche. Consulté sobre la posibilidad de leer algo y ahí estuve. Luego de leer —o de temblar mientras leía—, las chicas me dijeron que les había encantado mi lectura y que no dude en enviarles material. Así fue y, casualmente, lo que leí esa noche se convirtió después en el cuento que abre el libro.

¿Qué novedades va a tener Revista Kundra para este año?
Tengo ganas de armar Ciclos de Lectura y pintura fusionados, eso me entusiasma y creo que funciona más que bien. Además el año pasado había pensado en armar Kundra TV, lo que sería un canal de YouTube que se sostenga con columnistas fijos y donde hagamos entrevistas, recomendaciones y, básicamente, hablemos de libros. El problema es que las dos son ideas que llevan mucho tiempo y no es algo que me sobre en este momento. Por ahora voy planificando las dos cosas muy lentamente. Quizás este año no sean, pero son ideas a futuro, eso seguro.

¿Qué libros recomendarías?
La ley de la ferocidad, de Pablo Ramos, Como si no existiese el perdón, de Mariana Travacio, También esto pasará, de Milena Busquets, Cuentos completos, de Fogwill, Desgracia, de Paul Auster,  La broma infinita, de David Foster Wallace, Factótum, de Bukowski, Un aprendizaje o el libro de los placeres, de Clarice Lispector, Protocolos naturales, de Yamila Bêgné, Novelas y cuentos I, de Osvaldo Lamborghini, Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez. Todos por lo mismo y a la misma vez por cosas distintas pero centralmente porque son libros inspiradores, que te marcan, que te llaman, que te sirven de puntapié inicial para abrir la cabeza, la percepción y los sentidos.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy colaborando con muchos medios gráficos y digitales, entre ellos en Solo Tempestad, Revista Kunst, TRENInsomne, Revista Qu y sigo con mi portal de Arte y Cultura: Baires Digital y por supuesto con Revista Kundra. Pero sin dudas mi proyecto más grande es terminar Nada que no quieras este año y seguir con todos los textos que dejé en el camino y siguen sucediendo en mi cabeza.



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Gabriela Lucatelli: “Gran parte de mi vida estuvo basada en ilusiones de todo tipo”



La escritora Gabriela Lucatelli obtuvo el Primer Premio del Certamen Provincial de Poesía organizado por la Asociación de Artes y Letras del Municipio de Esteban Echeverría y luego de eso decidió publicar por su cuenta el libro de poesía Ensueños. La poeta adelantó que en junio empieza a dar un taller literario para niños y preadolescentes totalmente gratuito en Monte grande, su ciudad.



¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
¡Creo que ninguno! En mi caso particular, los poemas surgen de una frase que aparece en un momento del día o desencadenada por una determinada situación. (Casi siempre negativa). La escribo y luego en la soledad la empiezo a trabajar.

¿Con qué frecuencia escribís?
Descubrí que casi siempre escribo en una absoluta tristeza, así que a veces escribo muchísimo, todo el tiempo, y luego de la nada es como que... me alejo. Y pueden pasar meses sin que pueda tocar el lápiz y papel.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
Increíblemente nadie. No vengo de una familia de escritores ni de lectores fanáticos de la poesía. Empecé a escribir a los siete años como una necesidad de gritar todo lo malo que me pasaba en el colegio y en casa, y al descubrirlo terapéutico, no paré nunca. No escribo sólo poesía pero tengo algo especial con ella... su brevedad me permite decir mucho con poco, y me siento cómoda así.

¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en tu libro Ensueños?
Luego de ganar el Primer Premio de un Certamen de Poesía, decidí que era hora de publicar. Editar Ensueños fue como cerrar una etapa, porque los poemas que componen el libro hablan de todo aquello que formó parte de mi infancia y adolescencia. Fue difícil elegir los poemas porque tenía mucho material.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre al libro?
Gran parte de mi vida estuvo basada en ilusiones de todo tipo; proyectos, deseos, amores, cosas con las que mi cabeza decidía fantasear para salir de la realidad un rato. Fantasías que eran poco probables que sucedieran. Y ese vivir en una ilusión permanente me ayudó a que los temores -al igual que la violencia que sufrí- no me dañaran tanto...

¿De qué temas se nutre tu poesía?
Tener una percepción objetiva de algo propio es difícil. Pero dicen que en mi poesía gira alrededor un fantasma, lleno de angustia y duelo por un amor que no fue.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Es difícil elegir uno, porque cada poema lleva detrás una historia importante, pero Mate de por medio es especial. Los lectores por su parte, destacan de manera diversa. Quizás, porque cada uno se vuelca a la poesía por una razón muy diferente.

¿Cuál es el poema más autobiográfico del libro y cuál fue la imagen disparadora?
El primero del libro, Felicidad Clandestina, que en una parte dice:

"...Nunca me amaron
pero imagino como será.
Mi alma añora lugares que nunca pisó
pero que de ellos leyó,
ama caricias que no tuvo
pero que sintió en alguna canción..."

La imagen disparadora, el cuento de Clarice Lispector.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro?
El año pasado le envié el libro a un editor. A este hombre le gustó pero quiso hacerle muchos cambios para que Ensueños tuviera el estilo de la editorial. Y la verdad es que no me sentí cómoda con esa decisión, con ese "manoseo", con ese no prestar atención a lo que escribía, no interesarle tanto. Soy una fanática de las correcciones pero no de eso de querer cambiar por completo la obra de un autor para que se adapte a mis caprichos. Ahí es cuando dejé de lado mi ego y decidí publicar por mi cuenta.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
En junio empiezo a dictar un taller literario para niños y preadolescentes, totalmente gratuito en mi ciudad. Empecé a trabajar haciendo correcciones, sigo redactando para algunos medios, planeando una segunda edición de Ensueños... Y fundamentalmente seguir creciendo por este camino hermoso que tan bien me hace.




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Mere Echagüe: “Soy muy observadora, me tomo mi tiempo para detenerme y mirar”



PH Luciano Domínguez

La escritora Mere Echagüe estuvo hablando con Entre Vidas acerca de su flamante libro de poemas Canción de aire, publicado por la editorial Modesto Rimba. La poeta señaló que sigue escribiendo pero que actualmente disfruta de seguir mostrando su primera publicación ya que salió en noviembre del año pasado.

¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No tengo un ritual específico, aunque sí prefiero la noche y la soledad. Es el único momento silencioso del día, entonces aprovecho para ponerme cómoda, fumar, tomar una copita de vino y sentarme a escribir.

¿Con qué frecuencia escribís?
En realidad, cuando me pinta. Soy bastante vaga y no escribo todos los días, incluso a veces pasan días sin que se me escape una palabra. Pero cuando me pongo con todo, uno o dos días a la semana, saco varias cosas que luego se corrigen o se transforman en otras cosas.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
No recuerdo bien. Sí me acuerdo que a eso de los diez años me entretenía rimar palabras, tenía facilidad con eso y entonces escribí mi primer poema, que se llama Maradona. Es, por supuesto, una oda en rima a Maradona, y durante mucho tiempo no escribí mucho más. En el colegio secundario tuve profesoras que me abrieron las puertas tanto a la escritura como a la lectura, y en la facultad también (soy traductora de inglés y mi parte favorita era el desafío de traducir poemas). No soy muy de leer poesía -mi pasión son las novelas y cuentos, y si son de fútbol, mejor todavía-, pero Mauro Lo Coco y Santiago Castellano, grandes amigos y mentores de mi yo poetisa, pensaron que sería buena idea que yo escribiera poesía allá por 2012 o 2013. Y ahí arranqué con todo.

¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en tu libro Canción de aire?
Un día metí en una carpeta de esas con elástico todo el material que tenía. Con Mauro, gran amigo y editor (en ese orden), pensamos durante casi un año qué hacer con todo eso. En el taller de escritura que hice en 2015 intentamos una novela que no fue, y empezamos a pensar qué podíamos hacer con la pila de hojas escritas. Trabajamos bastante, usamos material viejo y nuevo, pensamos en un perfil que fuera profundo pero descontracturado, un poco de humor y un poco de melancolía, un tono tranquilo, relajado, pero que tocara fibras íntimas de cada lector o lectora.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre al libro?
Cuando surgió escribir poesía, pensamos en esa facilidad que tengo para las rimas, el ritmo, la cadencia. Mauro en una de las primeras reuniones de taller me preguntó si yo escribía canciones o algo así, porque para él era evidente que algo de eso había. Años después, cuando empezó a asomarse el libro, yo había pensado en otro nombre, pero no cerraba. Un día me llegó un mensaje de texto de Mauro diciendo que había soñado con el nombre de mi libro; en su sueño se llamaba Canción de aire. Y qué mejor que hacer realidad un sueño, ¿no?

¿De qué temas se nutre tu poesía?
De todo lo que me pasa todos los días. Ser mujer, ser hija, ser hermana, mi barrio y mi ciudad de origen (soy misionera hasta la médula), el fútbol, las pequeñas acciones cotidianas como regar las plantas, lavar los platos, llorar por un novio que se fue, relacionarme con los demás. Soy muy observadora, me tomo mi tiempo para detenerme y mirar, aún cuando soy yo la que está haciendo, pensando, diciendo, sintiendo algo. Lo observo, lo analizo, lo vuelco en el papel.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Me gustan más los que tienen una cuotita de humor, algunos hasta me los sé de memoria. Los comentarios que recibí de algunos lectores y lectoras me hacen dar cuenta de que si bien gustan mucho los que son chistosos, los solemnes pegan más. Creo que debe tener que ver con que no es muy frecuente relacionar poesía y humor, no estamos acostumbrados; no es que cause rechazo, pero pareciera que el tono melancólico cierra más.
Mi preferido se llama Juliana Jubilada
Cuando sea grande
no quiero trabajar
en todo
no pensar
no tener que
ser grande
cuando sea grande
quiero ser
jubilada.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con la editorial Modesto Rimba?
Cuando empecé taller de escritura con Mauro y Santiago, Modesto Rimba aún no existía. Pegamos muy buena onda, nos hicimos amigos, y seguí con talleres con ellos. Al tercer año de taller, Modesto ya era un hecho y ellos sabían que yo tenía bastante material. "Traelo", me dijeron, "y vemos qué podemos hacer". Cuando empezamos a darle forma a los poemas, la carpeta con elástico y todo eso, no sé bien cómo pintó la posibilidad de publicar. Yo no caí hasta que vi la prueba de galera, no pensé nunca que iba a ser un libro real. Y me pegó tan fuerte que cuando lo tuve por primera vez en mis manos, le escribí un poema al poemario.

¿Qué libros de poesía o qué autores recomendarías?
No estoy muy en el mundo de la poesía, voy entrando de a poquito y no conozco demasiados autores y autoras, pero sí leí algunos que me pegaron fuerte: Ioshua, que te cala los huesos con cada palabra, Wislawa Szymborska, que con cada texto me hace pensar que algún día quisiera escribir como ella, Janice Winkler y Paula Daverio, amigas y excelentes poetisas con quienes me identifico mucho, Mauro Lo Coco, que me sacó el prejuicio de la poesía y me la enseñó de otra forma.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
En ninguno en particular. Escribo y escribo y voy agrupando textos según mi parecer, pero aún no son proyectos. Estoy disfrutando mucho de Canción de aire que salió en noviembre del año pasado y todavía está fresquito, pero no puedo con la ansiedad y por momentos imagino qué o cómo será mi nuevo proyecto. Pero no tengo la menor idea.



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domingo, 7 de mayo de 2017

Flor Codagnone: “Es una experiencia profundamente corporal la del nombre”



Flor Codagnone es poeta, traductora y periodista. Su último libro se llama Resto y fue publicado por la editorial Modesto Rimba. Anteriormente editó los poemarios Mudas y Celo, ambos por la editorial Pánico el Pánico. La escritora estuvo hablando con Entre Vidas acerca de su flamante publicación y también, adelantó que está  terminando de armar una antología de poemas de June Jordan que, además tradujo, y espera publicar este año.



¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
No tengo rituales porque no me “siento a escribir”, no se trata de una decisión consciente ni de un deseo: la poesía me toma, me atraviesa, me invade de manera inesperada, en cualquier momento, en cualquier lugar. Lo que sí respeto, casi a rajatabla, es no transcribir el poema hasta que no creo que está terminado en mi cabeza. Después, obviamente, puede tener modificaciones, cuando lo veo de cara a un libro.

¿Quién te inculcó tu amor por la poesía?
La verdad, no recuerdo a alguien específico, pero sí te puedo dar una imagen: en preescolar recité un poema y la maestra me dibujó una carita feliz en la yema de uno de mis dedos. Y, también, te puedo dar el nombre de alguien que fue en verdad un maestro, pero más allá de la poesía: Javier Adúriz. Con él aprendí muchas cosas (fue, además, mi profesor de literatura durante 3 años en la secundaria), pero, sobre todo, aprendí que los maestros lo primero que te enseñan es a soltarlos, a hacer un camino propio.

¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que aparecen en tu libro Resto?
Fue un proceso extraño porque hace como dos o tres años, mi novio me avisó que había un concurso importante, que me presentara. Yo le contesté que no tenía material, pero cuando me empecé a leer, entendí que sí y, más, había un libro. El concurso pedía un mínimo de 50 páginas, cosa que sufrí muchísimo porque mis libros son cortos. Hice malabares con eso y me presenté. Por supuesto, no gané. El día que comunicaron la sentencia, agarré el archivo y le saqué un poema. A las semanas, lo destruí por completo y lo empecé a armar de cero. Así surgió el resto que está publicado.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre al libro?
Los nombres también irrumpen. No sé, cómo explicarlo salvo así: cuando encontrás el nombre o, mejor, cuando el nombre te encuentra, lo sentís en el cuerpo.  Es una experiencia profundamente corporal la del nombre… Tengo, sin embargo, algunas pistas. El nombre de mi segundo libro, celo, aparece en el primero, mudas, y resto, aparece en el segundo. Además hay algo de la polisemia con la que venía jugando en los anteriores poemarios, que sigue presente. Y, el resto es objeto, por ejemplo, de la filosofía, del psicoanálisis, disciplinas que me interesan. Una vez, Darío Sztanjszrajber, sin saber que yo había elegido este título para mi tercer libro, dijo que la mía es una “poética del resto”. Quizás haya algo de eso.

¿De qué temas se nutre tu poesía?
Creo que de la feminidad, del cuerpo femenino, de la figura del otro… No sé si eso lo tengo que decir yo, los lectores deben tener una mejor y más interesante idea al respecto.

¿Cuál es tu poema preferido del libro y cuál el que destacan los lectores?
Me resuena bastante uno que dice:

Algo me devora,
se alimenta de mí,
me detiene, me abre
en dos, me llena
de lágrimas.

¿Qué es esto que dice
«soy mujer»?

Agua que va al agua.

La experiencia de la poesía es tan, pero tan subjetiva que no podría decir un poema que destaquen los lectores. Es siempre único y distinto. Aun en la experiencia de un mismo lector… Quizás un día te interpela un poema y a las horas o a las semanas, otro.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con la editorial Modesto Rimba?
Creo que con Mauro LoCoco nos veníamos cruzando seguido y que había un deseo de ambos de hacer algo juntos. Cuando le mandé el original, la lectura que hizo Mauro me convenció. Debo decir que estoy muy contenta con la editorial, apostaron por resto, y a los dos meses de haber salido se agotó, entonces, volvieron a apostar por él. No es algo frecuente en las editoriales independientes de poesía… Ver cómo está creciendo la editorial es algo que me alegra mucho.

¿Qué libros de poesía o autores recomendarías?
Muchos: Louise Bourgeois, Patti Smith, Olga Orozco, Hélène Cixous, Anne Sexton, June Jordan, Robin Morgan, Silvia Plath, Susana Thénon... Jean-Luc Nancy, Jacques Derrida, Weldon Kees, Frank O´Hara, Julio Cortázar, Héctor Viel Temperley, Juan José Saer, Jacobo Fijman, Acho Estol, Allen Ginsberg, Sergio Pujol, Luis Alberto Spinetta, Sigmund Freud, Manuel Moretti, Fernando Cabrera…

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy terminando de armar una antología de poemas de June Jordan que, además traduje, y que espero que se publique este año. También traduzco un poema de H.D., que, en 2017, será mi proyecto más cercano a la idea de “poesía en escena”. Estoy hablando con editores para que se publique una serie de poemas sobre casos reales de violencia de género. Soy finalista del Concurso Gónzalez Tuñón con un libro que sigue la línea de mis tres anteriores. Y habrá que ver qué pasa con eso. Además, estoy trabajando en el quinto poemario. Y, siempre intento cruzar a la poesía con otras disciplinas, filosofía, psicoanálisis, teatro, dibujo, fotografía… Uf, en todo eso ando.



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Mariana Travacio: “Creo que el gran tema, en literatura, es el asunto de la forma”




La escritora Mariana Travacio publicó el libro Como si existiese el perdón con la editorial Metalúcida y para muchos lectores fue una de las mejores novelas del año pasado. La imagen disparadora apareció durante un viaje que realizó junto a sus hijas por el nordeste de Brasil. Actualmente, la autora está escribiendo una nueva novela y algunos cuentos.


¿Qué rituales tenés en el momento previo a escribir?
No muchos. A veces creo que ninguno. Más que rituales, creo que tengo algunas preferencias. Prefiero el silencio, por ejemplo, pero eso es relativo: me he encontrado escribiendo rodeada de ruidos. Prefiero el teclado de una computadora al esfuerzo de la manugrafía, pero eso también es relativo: últimamente me encuentro garabateando cuadernos, hojas sueltas, servilletas. De todas formas, sí, prefiero la soledad, la quietud, el silencio.

¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la escritura de tu novela Como si existiese el perdón?
Fue una imagen tan inesperada que nunca me la pude olvidar. Estaba en el nordeste de Brasil, había llevado a mis hijas a una fiesta popular, era de noche. Iba caminando, ellas a mi lado, y algo me detiene en la puerta de un templo: miro para adentro: velaban a alguien. El templo era un rectángulo angosto, con piso de tierra. En el centro del rectángulo, un cajón. Alrededor del cajón, un puñado de hombres. Hombres que rezaban, resignados, sobre la tierra. Esa noche escribí el primer capítulo, con cierta urgencia, sobre mi falda, en la terraza de una casa alquilada, frente al mar.

¿Por qué decidiste ponerle ese nombre al libro?
Durante el proceso de escritura, el título era otro. Se llamaba Viento norte. Era un título que me servía de faro, como si todo lo que ocurriese en el texto sucediese un poco por azar, a capricho del viento. No obstante, yo sabía que era un título provisorio. Cuando le acerqué el manuscrito a Sandra Buenaventura, hablamos del tema y resolvimos buscarle otro nombre. Anduvimos meses pensándolo, garabateando posibilidades, hasta que un día aparece Pablo Forcinito y sugiere llamarlo Como si existiese el perdón. Nos miramos y no tuvimos dudas: Pablo había dado con el título de la novela.
¿Que la novela esté formada por 62 capítulos cortos fue algo que te planteaste de entrada?
No, no fue algo planteado de entrada. Fue algo impuesto por la estructura misma de ese primer capítulo, escrito tan así, en un arrebato, como te contaba recién. Muchas veces quise modificar ese capítulo: me parecía demasiado corto y con una densidad narrativa imposible de sostener. Pero la realidad es que nunca pude cambiarlo, así que me tuve que resignar: si quería contar esa historia, tenía que escribirla así, sobreponiendo imágenes, sumando fragmentos.

¿En qué te basaste para la construcción del protagonista Manoel?
Manoel vino así, esa noche, después del templo. Vino entero. Todo junto. Nunca sentí que lo tuviese que construir. Tuve, más bien, la sensación de haberlo encontrado.

¿De qué temas se nutre tu escritura?
Supongo que de los mismos temas que nos conciernen a todos desde el inicio: el amor, la vida y la muerte. Como decía Rulfo, estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio. El tema es cómo lo contamos, de qué forma, con cuáles artificios. Estoy de acuerdo con Rulfo. Creo que el gran tema, en literatura, es el asunto de la forma.

¿Cómo surgió la posibilidad de publicar el libro con la editorial Metalúcida?
Cursábamos la Maestría en Escritura Creativa. Éramos treinta. Entre ellos, Sandra Buenaventura. A poco de andar, Sandra dejó la cursada para dar inicio al proyecto editorial de Metalúcida. Lo inauguró con dos títulos: En tu mundo raro y por ti aprendí, de Pablo Forcinito, y Protocolos naturales, de Yamila Bêgné. Yamila era, también, compañera de la Maestría. Cuando terminé de escribir la novela, no lo dudé. Le escribí a Sandra y le pregunté si tenía interés en leerla. Me dijo que sí.

¿Qué libros recomendarías?
Siempre me cuestan las listas. Siento que dejo afuera, o que me olvido, o que cada día puedo dar una lista distinta. Son tan azarosas, las listas, y tan arbitrarias. Pero, bueno, desde la arbitrariedad de hoy, mientras escucho que un perro ladra, allá afuera, tan insistente, digo: Manual de inquisidores, de António Lobo Antunes; Estrella distante, de Roberto Bolaño; Leche derramada, de Chico Buarque; Una letra femenina azul pálido, de Werfel; Magnitud imaginaria, de Stánislaw Lem; Alexis o el tratado del inútil combate, de M. Yourcenar; Pnin, de Vladimir Nabokov.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Estoy escribiendo una novela. Y algunos cuentos.

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